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9 de abril de 2013

En una "favela" salvadoreña

Independientemente de mi gusto por la saga de Tropa de Élite, es innegable la similitud de nuestra cotidianidad con la dinámica social y política que el cineasta José Padilha nos muestra en sus films.
Vivo en una favela salvadoreña. Antes he hablado al respecto.
Ahora quiero hacer una especie de denuncia, que por lo general se convierte en un desahogo sin eco, sobre la realidad de las niñas en sitios como en el que vivo.

Eran las once de la noche. No podía dormir por la algarabía que los vecinos tenían afuera de la casa desde las ocho de la noche. Entre el bullicio se escuchaba las voces chillonas y agudas de dos niñas de aproximadamente nueve años de edad. En un principio reían de las vulgaridades que se hablaban. Luego gritaban con ahínco las expresiones soeces y obscenas que los hombres adultos les pedían que gritaran. Comenzaron a gemir simulando una relación sexual. Repetían: "Dame por el culo que sabés que me gusta" y los vecinos se carcajeaban a más no poder y las incentivaban y las alababan.
En un principio no supe si indignarme o ignorar lo que estaba pasando, puesto que su entretenimiento estaba basado en la doble cara del tabú del sexo. Es decir, que una actividad humana natural y placentera es motivo de burla o de transgresión, evidentemente, por la falta de una educación sexual efectiva.
Al momento en que comenzaron a decir: "Dejá de tocar mis partes privadas" y luego reían, me dieron ganas de salir e intentar razonar con su madre y su padrastro sobre lo que estaban haciendo con sus hijas. Luego pensé que ellos estaban ahí como si nada fuera de lo común ocurriera.
Después pensé en emplazar a las niñas. Preguntarles si entendían lo que estaban haciendo. Entonces imaginé las posibilidades de salir ilesa de mi atrevimiento.
Después fantaseé con una escopeta en mis manos con la que dispararía sin discreción.
La noche continuó siendo perturbada por sus voces infantiles gritando las más abyectas y denigrantes expresiones sexuales hacia una mujer.
Cuando estaba a punto de convencerme de que la gente en lugares como estos es inescrupulosa, salió el vecino del lado, un señor obeso que dedicó su juventud al sicariato y al tráfico de armas, y les advirtió que se fueran si no tendrían problemas con él. Les dijo que si las volvía a escuchar por ahí las iba a llevar del pelo de vuelta a sus casas. Todos se fueron.

Considero que sería redundante hablar de las implicaciones que conductas así generan en la salud mental y sexual de una niña, más allá de la publicidad sexista y el machismo de la iglesia.
Ahora no me queda más que escribir esto y no perder la esperanza en que el arte puede salvarnos.

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