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24 de mayo de 2012

La tragedia del tiempo

Una vez escuché a un vagabundo, que frustrado por su interminable crisis económica, aseguraba que la invención más nefasta del pensamiento humano es el tiempo.
De hecho, en la medida que la conciencia humana concibió al tiempo, se inició la labor de determinar la existencia y la validez de todas las cosas a su alrededor. Incluso se encasilló en el tiempo aquellos pensamientos que por naturaleza son atemporales como la idea de Dios o la esperanza.
En alguna medida a la humanidad le ha funcionado ejercer ese control sobre su devenir. Sin embargo, también le ha traído perjuicios.
El mercado basa sus ganancias en el tiempo y su costo. Las personas basan sus expectativas de desarrollo individual a partir de su edad. La actividad laboral tiene sus márgenes temporales. La vida en sí es un enorme reloj compuesto por pequeños relojes que al unísono emiten el terrible sonido de una ciudad, o de un país, o del mundo.
No hay escapatoria de esa maquinaria convencional. El agravante de la concepción del tiempo actual es su valor: "El tiempo es oro". Un año de la vida dedicado a una verdadera exploración individual, al autoconocimiento o al rogodeo es una "pérdida de tiempo". No vale. No es funcional. Mucho menos lo será un año dedicado al pensamiento por muy primitivo que sea, si éste no genera algún confort económico.
El estrés cotidiano tiene como pilares el tiempo y el dinero. La gente acomoda su pensamiento a los segundos, rige su andar a los minutos, planifica su existencia en días y años, hasta el final. La gente teme más al tiempo y a la vida exenta de consumismo que a la muerte.
¿Eso es la felicidad? ¿Eso es la plenitud? ¿No hay nada más allá de esa barrera de calendarios, agendas, itinerarios y relojes suntuosos? En verdad, ¿Para todo hay tiempo?


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