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10 de abril de 2012

El viaje

Estaba de pie en un pequeño aeropuerto que en realidad parecía una cancha de basquetbol muy amplia. Tenía junto a mí mucho equipaje; una maleta grande y vieja color marrón, unas bolsas llenas ropa y muchos pares de zapatos.
Esperaba que un avión evidentemente frágil me condujera a mi destino.

Una jovencita me indicó que era tiempo de abordar. Subí a la aeronave. Sus asientos estaban forrados con una tela gris, muy suave al tacto. Sus respaldos eran grandes e impedían que las cabezas y los rostros de los demás pasajeros se distinguieran. Me senté en medio de mi madre y de mi hija.
Me sentía emocionada e impaciente o quizás mi agitación era por el nerviosismo de viajar en avión, de volar sobre la tierra y las personas y las cosas por muy grandes que sean.

Entonces comenzó el despegue. Sentí el vértigo. Sentí el temor leve de precipitarnos envueltos en llamas sobre el océano o sobre las montañas rocosas que en ese momento empezaba a contemplar.
La altitud alcanzada era muy baja. Pasamos junto a unas colinas que estaban cubiertas de una especie de grama amarilla en la que se veían algunos parches de color verde limón. Sobre ellas, habían decenas de champas de lámina que brillaban con la luz del sol. Habían tendederos en los que colgaban muchas sábanas y muchos niños jugaban con ellas.
Era impresionante ver el contraste de aquellos colores con los riscos oscuros que se levantaban detrás de las colinas.

El avión avanzaba lento. Dejamos atrás los riscos y llegamos a una zona con muchas turbulencias de manera que obligó al piloto a perder altitud.
Aterrizamos en una ciudad que no conocía. Sus aceras eran pequeñas y sus calles anchas. Un policía se acercó hacia nosotros y nos advirtió que debíamos de colgarnos del tendido eléctrico para no caer y así poder avanzar. El piloto salió con una cuerda de metal y la enganchó a los alambres. En ese momento salieron dos hombres y colocaron una especie de cohete en la parte trasera avión y la llenaron con pólvora y gasolina. Mientras se preparaba la nave para salir de nuevo, yo deambulaba por aquella ciudad desconocida. Vi muchos ancianos caminando solos hacia el final de la calle en la que había un cenagal. Una gallina y un cerdo caminaban conmigo. El cerdo corrió hacia el pantano y la gallina se quedó junto a mí, de pie en la orilla.

Llegó la hora de partir. Abordé de nuevo el avión y me senté en el mismo asiento.
Volábamos muy bajo sobre un cañón muy colorido. Por un lado unas piedras volcánicas tenían diferentes colores; moradas, azules, celestes, lilas, negras, ocres, naranjas, etc. En sus hondonadas habían lagunas pequeñas con agua límpida. Por el otro lado, unos peñascos grises cubiertos de musgo calaban el sol que estaba ocultándose detrás de ellos. En ese instante hubo más turbulencia. Nos indicaron que abrocháramos nuestros cinturones de seguridad. Me acerqué al asiento de mi hija y se lo abroché. Todos teníamos temor.

Descendimos sin aterrizar. Sobrevolamos una playa. La playa más extraña que he visto. La arena estaba muy oscura y llena de piedras. No había sol. El mar se veía muy agitado, con olas enormes y amenazantes. El agua era turbia y de color café. La gente salía en fila de una sorbetería, comiendo sorbetes y se metían al mar casi de forma mecánica. De pronto habían olas gigantescas que botaban a las personas y después se retiraban vaciando por completo la playa y dejando a la vista el interior del mar. Algunos jóvenes tenían tablas de surf cuando llegaban los tumbos y cuando quedaba seco se convertían en patinetas. El fondo era color rojizo. Pasamos la playa y comenzamos adentrarnos en el océano. Volvieron más riscos y más turbulencias y una neblina muy espesa, y luego desperté.

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