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1 de marzo de 2012

La supervivencia

Aproximadamente llevo cinco meses viviendo en una colonia cuyas casas son pequeñas, malhechas y están demasiado unidas. Vivo en un proyecto habitacional ejecutado en los años 80´s en el cual la comunidad puso la mano de obra y un cooperante extranjero donó los materiales de contrucción.
En el tiempo transcurrido he tenido que observar la dinámica del vecindario, adapatarme al bullicio, a la basura y las heches caninas en los pasajes, a las miradas inquisidoras y a la música estridente de un gusto muy pobre. Además de incrementar "mis medidas de seguridad" con el propósito de evitar situaciones de riesgo que puedan desencadenar en hechos fatales como la muerte.
Este elemento nuevo en mi cotidianidad se vio alterado esta semana cuando tuve acceso a información más detallada sobre el quehacer de los vecinos. La fuente: Facebook.
Resulta que un vecino abrió un perfil en dicha red social y comenzó a subir información comprometedora sobre las personas que pernoctan en la colonia. Por supuesto, no me detuve más de cinco minutos en ese perfil y me salí. Ese tiempo fue suficiente para enterarme del nivel de peligrosidad en el que estoy inmersa y para redimensionar la situación delincuencial en el país.
Mi instinto de supervivencia está al límite, como nunca antes lo había experimentado. Cada vez que salgo de la casa y observo el panorama al que debo enfrentarme, tomo conciencia sobre mí, sobre mi andar, mi tono de voz al saludar, mi lenguaje corporal y mi vestimenta.
Siento que todos me observan como esperando una reacción.
Los adolescentes son impertinentes mientras juegan pelota en los callejones estrechos. Los jóvenes son abusivos. Los ancianos saludan con cierta coquetería de antaño. Las mujeres jóvenes sueltan frases cargadas de hipocresía. Las ancianas parecen periodistas frustradas con sus intentos de obtener información personal.
Aunado a esto la certeza del tráfico de drogas y las armas de fuego entre los pantalones, debajo de las blusas y detrás de las puertas.
Es una situación apremiante con la cual se lidia a diario y que parece ser imposible de erradicar desde aquí. Sin embargo, una cosa puedo destacar que me enorgullece y es el hecho que ya sé distinguir el sonido de un proyectil que viene de una pistola al sonido de un mortero artesanal.

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