Loading...

22 de marzo de 2012

Breve reflexión sobre la derrota

Admitir el fracaso es una forma de demostrar debilidad o fortaleza.
Jamás se debe admitir que se ha fracasado frente al opositor, pues éste lo utilizará como herramienta para destruirnos.
El fracaso se debe admitir frente al aliado o frente aquellos que confianban en nuestro éxito y que se decepcionaron.
Nunca se debe hacer de forma explícita, sino con los resultados de la reivindicación como el estandarte de la humildad y la entereza.

2 de marzo de 2012

El abuelo materno

Esta mañana recordé a mi abuelo materno. No interactué mucho tiempo con él antes de su asesinato, solamente recuerdo una visita a su casa en Santa Tecla y dos encuentros en nuestra casa.
La imagen que tengo en mi memoria proviene de las fotografías de sus documentos que mi madre guardó después del entierro, junto con la chumpa que andaba el día en que lo mataron, en la que se podían observar los agujeros de las balas que impactaron su espalda y su pecho; además de unos libros con forro de plástico viejo que en su interior, en la primera y en la última página, tenían sellado su Ex-libris.
Roberto Serrano, ése era su nombre. Fue asesinado después de los Acuerdos de Paz, una mañana de febrero cuando llegaba a su vivienda.
Durante el conflicto armado, mi abuelo estuvo altamente activo. Perteneció al Sindicato de la fábrica de Oliva y formó parte del Consejo Directivo representando a los Trabajadores en el Seguro Social.
Ignoro la dimensión de su involucramiento con la lucha popular. Lo que si tengo certeza es que fue asesinado por sicarios. Su muerte no fue un accidente. Su muerte tuvo los matices de un exterminio premeditado y selectivo.
Pero esta mañana recordé a mi abuelo como parte de la familia.
Hice memoria de dos de las historias que mi madre solía contar sobre él.
La primera trataba sobre un "tenguereche" que apareció un día en una bodega de la fábrica. Mi abuelo le contó que empezó a molestar al reptil. Lo golpeaba en la cabeza y luego se ocultaba de él. El "tenguereche" al no ver quien lo molestaba, se enojó tanto que explotó de rabia ante sus ojos.
La segunda historia trataba sobre una "expedición" que hizo a la montaña. Le contó que subió por un sendero y rozó una flor de "florifundia" o "dormilona" -no recuerdo exactamente- y que pernoctó en el lugar durante tres días. Daba vueltas en el mismo lugar sin poder salir, como en un laberinto.
Son los únicos recuerdos que tengo de él, que en la plenitud de mi niñez me impresionaron.
Durante mi adolescencia me impresionaron sus lecturas. De hecho, el primer libro que recuerdo haber leído que no fuera la Biblia o que tuviera que ver con ella, fue: Los Versos Satánicos de Salman Rusdhie. Era un libro de su pertenencia.
No recuerdo vela ni entierro.
Nunca le hemos visitado en el día de los muertos.
Nadie habla de él.
Simplemente se sabe que hubo un hombre que antes de irse a vivir con otra mujer a Santa Tecla, le gustaba ir al cine a medianoche con la mamá de sus dos hijos y caminar hasta la casa después de la función; que hubo un padre que trabajaba haciendo fórmulas de jabón para la piel y que padecía del corazón; que hubo un abuelo que tenía bigote y ojos achinados y que un día murió asesinado.

1 de marzo de 2012

La supervivencia

Aproximadamente llevo cinco meses viviendo en una colonia cuyas casas son pequeñas, malhechas y están demasiado unidas. Vivo en un proyecto habitacional ejecutado en los años 80´s en el cual la comunidad puso la mano de obra y un cooperante extranjero donó los materiales de contrucción.
En el tiempo transcurrido he tenido que observar la dinámica del vecindario, adapatarme al bullicio, a la basura y las heches caninas en los pasajes, a las miradas inquisidoras y a la música estridente de un gusto muy pobre. Además de incrementar "mis medidas de seguridad" con el propósito de evitar situaciones de riesgo que puedan desencadenar en hechos fatales como la muerte.
Este elemento nuevo en mi cotidianidad se vio alterado esta semana cuando tuve acceso a información más detallada sobre el quehacer de los vecinos. La fuente: Facebook.
Resulta que un vecino abrió un perfil en dicha red social y comenzó a subir información comprometedora sobre las personas que pernoctan en la colonia. Por supuesto, no me detuve más de cinco minutos en ese perfil y me salí. Ese tiempo fue suficiente para enterarme del nivel de peligrosidad en el que estoy inmersa y para redimensionar la situación delincuencial en el país.
Mi instinto de supervivencia está al límite, como nunca antes lo había experimentado. Cada vez que salgo de la casa y observo el panorama al que debo enfrentarme, tomo conciencia sobre mí, sobre mi andar, mi tono de voz al saludar, mi lenguaje corporal y mi vestimenta.
Siento que todos me observan como esperando una reacción.
Los adolescentes son impertinentes mientras juegan pelota en los callejones estrechos. Los jóvenes son abusivos. Los ancianos saludan con cierta coquetería de antaño. Las mujeres jóvenes sueltan frases cargadas de hipocresía. Las ancianas parecen periodistas frustradas con sus intentos de obtener información personal.
Aunado a esto la certeza del tráfico de drogas y las armas de fuego entre los pantalones, debajo de las blusas y detrás de las puertas.
Es una situación apremiante con la cual se lidia a diario y que parece ser imposible de erradicar desde aquí. Sin embargo, una cosa puedo destacar que me enorgullece y es el hecho que ya sé distinguir el sonido de un proyectil que viene de una pistola al sonido de un mortero artesanal.