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23 de mayo de 2011

El principiante. Un cuento de Charles Bukowski

Bien, dejé el lecho de muerte y salí del hospital del condado y conseguí un trabajo como encargado de almacén. Tenía los sábados y los domingos libres y un sábado hablé con Madge:
-Mira, nena, no tengo prisa por volver a ese hospital. Tendría que buscar algo que me apartara de la bebida. Hoy, por ejemplo, ¿qué se puede hacer sino emborracharse? El cine no me gusta. Los zoos son estúpidos. No podemos pasarnos todo el día jodiendo. Es un problema.
-¿Has ido alguna vez a un hipódromo?
-¿Qué es eso?
-Donde corren los caballos. Y tú apuestas.
-¿Hay algún hipódromo abierto hoy?
-Hollywood Park.
-Vamos.
Madge me enseñó el camino. Faltaba una hora para la primera carrera y el aparcamiento estaba casi lleno. Tuvimos que aparcar a casi un kilómetro de la entrada.
-Parece que hay mucha gente -dije.
-Sí, la hay.
-¿Y qué haremos ahí dentro?
-Apostar a un caballo.
-¿A cuál?
-Al que quieras.
-¿Y se puede ganar dinero?
-A veces.
Pagamos la entrada y allí estaban los vendedores de periódicos diciéndonos:
-¡Lea aquí cuales son sus ganadores! ¿Le gusta el dinero? ¡Nosotros le ayudaremos a que lo gane!
Había una cabina con cuatro personas. Tres de ellas te vendían sus selecciones por cincuenta centavos, la otra por un dólar. Madge me dijo que comprase dos programas y un folleto informativo. El folleto, me dijo, trae el historial de los caballos. Luego me explicó cómo tenía que hacer para apostar.
-¿Sirven aquí cerveza? -pregunté.
-Sí claro. Hay un bar.
Cuando entramos, resultó que los asientos estaban ocupados. Encontramos un banco atrás, donde había como una zona tipo parque, cogimos dos cervezas y abrimos el folleto. Era sólo un montón de números.
-Yo sólo apuesto a los nombres de los caballos -dijo ella.
-Bájate la falda. Están todos viéndote el culo.
-¡Oh! Perdona.
-Toma seis dólares. Será lo que apuestes hoy.
-Oh, Harry, eres todo corazón -dijo ella.
En fin, estudiamos todo detenidamente, quiero decir estudié, y tomamos otra cerveza y luego fuimos por debajo de la tribuna a primera fila de pista. Los caballos salían para la primera carrera. Con aquellos hombrecitos encima vestidos con aquellas camisas de seda tan brillantes. Algunos espectadores chillaban cosas a los jinetes, pero los jinetes les ignoraban. Ignoraban a los aficionados y parecían incluso un poco aburridos.
-Ese es Willie Shoemaker -dijo Madge, señalándome a uno. Willie Shoemaker parecía a punto de bostezar. Yo también estaba aburrido. Había demasiada gente y había algo en la gente que resultaba depresivo.
-Ahora vamos a apostar -dijo ella.
Le dije dónde nos veríamos después y me puse en una de las colas de dos dólares ganador. Todas las colas eran muy largas. Yo tenía la sensación de que la gente no quería apostar. Parecían inertes. Cogí mi boleto justo cuando el anunciador decía: «¡Están en la puerta!».
Encontré a Madge. Era una carrera de kilómetro y medio y nosotros estábamos en la línea de meta.
-Elegí a Colmillo Verde -le dije.
-Yo también -dijo ella.
Tenía la sensación de que ganaríamos. Con un nombre como aquél y la última carrera que había hecho, parecía seguro. Y con siete a uno.
Salieron por la puerta y el anunciador empezó a llamarlos. Cuando llamó a Colmillo Verde, muy tarde, Madge gritó:
-¡COLMILLO VERDE!
Yo no podía ver nada. Había gente por todas partes. Dijeron más nombres y luego Madge empezó a saltar y a gritar:
¡COLMILLO VERDE! ¡COLMILLO VERDE!
Todos gritaban y saltaban. Yo no decía nada. Luego, llegaron los caballos.
-¿Quién ganó? -pregunté.
-No sé -dijo Madge-. Es emocionante, ¿eh?
-Sí.
Luego, pusieron los números. El favorito 7/5 había ganado, un 9/2 quedaba segundo y un 3 tercero.
Rompimos los boletos y volvimos a nuestro banco.
Miramos el folleto para la siguiente carrera.
-Apartémonos de la línea de meta para poder ver algo la próxima vez.
-De acuerdo -dijo Madge.
Tomamos un par de cervezas.
-Todo esto es estúpido -dije-. Esos locos saltando y gritando, cada uno a un caballo distinto. ¿Qué pasó con Colmillo Verde?
No sé. Tenía un nombre tan bonito.
-Pero los caballos no saben cómo se llaman... El nombre no les hace correr.
-Estás enfadado porque perdiste la carrera. Hay muchas más carreras.
Tenía razón. Las había.
Seguimos perdiendo. A medida que pasaban las carreras, la gente empezaba a parecer muy desgraciada, desesperada incluso. Parecían abrumados, hoscos. Tropezaban contigo, te empujaban, te pisaban y ni siquiera decían «perdón». O «lo siento».
Yo apostaba automáticamente, sólo porque ella estaba allí. Los seis dólares de Madge se acabaron al cabo de tres carreras y no le di más. Me di cuenta de que era muy difícil ganar. Escogieras el caballo que escogieras, ganaba otro. Yo ya no pensaba en las probabilidades.
En la carrera principal aposté por un caballo que se llamaba Claremount III. Había ganado su última carrera fácilmente y tenía un buen tanteo. Esta vez llevé a Madge cerca de la curva final. No tenía grandes esperanzas de ganar. Miré el tablero y Claremount III estaba 25 a uno. Terminé la cerveza y tiré el vaso de papel. Doblaron la curva y el anunciador dijo:
-¡Ahí viene Claremount III!
Y yo dije:
-¡Oh, no!
-¿Apostaste por él? -dijo Madge.
-Sí -dije yo.
Claremount pasó a los tres caballos que iban delante de él, y se distanció en lo que parecían unos seis largos. Completamente solo.
-Dios mío -dije-, lo conseguí.
-¡Oh, Harry! ¡Harry!
-Vamos a tomar un trago -dije.
Encontramos un bar y pedí. Pero esta vez no pedí cerveza. Pedí whisky.
-Apostamos por Claremount III -dijo Madge al del bar.
-¿Sí? -dijo él.
-Sí -dije yo, intentando parecer veterano. Aunque no sabía cómo eran los veteranos del hipódromo.
Me volví y miré el marcador. CLAREMOUNT se pagaba a 52,40.
-Creo que se puede ganar a este juego -le dije a Madge -. Sabes, si ganas una vez no es necesario que ganes todas las carreras. Una buena apuesta, o dos, pueden dejarte cubierto.
-Así es, así es -dijo Madge.
Le di dos dólares y luego abrimos el folleto. Me sentía confiado. Recorrí los caballos. Miré el tablero.
-Aquí está -dije-. LUCKY MAX. Está nueve a uno ahora. El que no apueste por Lucky Max es que está loco. Es sin duda el mejor y está nueve a uno. Esta gente es tonta.
Fuimos a recoger mis 52,40.
Luego fui a apostar por Lucky Max. Sólo por divertirme, hice dos boletos de dos dólares con el ganador.
Fue una carrera de kilómetro y medio, con un final de carga de caballería. Debía haber cinco caballos en el alambre. Esperamos la foto. Lucky Max era el número seis. Indicaron cuál era el primero:
6.
Oh Dios mío todopoderoso. LUCKY MAX.
Madge se puso loca y empezó a abrazarme y besarme y dar saltos.
También ella había apostado por él. Había alcanzado un diez a uno. Se pagaba 22,80 dólares. Le enseñé a Madge el boleto ganador extra. Lanzó un grito. Volvimos al bar. Aún servían. Conseguimos beber dos tragos antes de que cerraran.
-Dejemos que se despejen las colas -dije-. Ya cobraremos luego.
-¿Te gustan los caballos, Harry?
-Se puede -dije-, se puede ganar, no hay duda.
Y allí estábamos, bebidas frescas en la mano, viendo bajar a la multitud por el túnel camino del aparcamiento.
-Por amor de Dios -le dije a Madge-, súbete las medias. Pareces una lavandera.
-¡Uy! ¡Perdona papaíto!
Mientras se inclinaba, la miré y pensé, pronto podré permitirme algo un poquillo mejor que esto.
Jajá.

21 de mayo de 2011

La garganta de acero. Un cuento de Mijaíl Bulgákov.

Definitivamente esto es mejor que Dr. House o Anatomía según Grey.
Les aconsejo que lo lean.
Sólo hagan click en el título o copien este URL:

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/rus/bulgakov/garganta.htm

¡Impresionante!

19 de mayo de 2011

Roque Dalton y la poesía ante la incertidumbre

Me encanta hacer analogías de este tipo.
Por un lado, Roque Dalton el escritor salvadoreño con un extenso legado poético, crítico e histórico, este mes cumplió 36 años de su asesinato. A nivel internacional se han realizado diversos actos y encuentros conmemorativos.
Por otra parte, en España, Visor una de las editoriales más prestigiosas del habla hispana ha presentado una antología de poetas iberoamericanos llamada: Poesía ante la incertidumbre. La antología la encabeza el poeta salvadoreño Jorge Galán. En la página web oficial de la antología se puede leer un manifiesto de los poetas respecto al rumbo de la poesía actual y de su propuesta de reivindicación de este género literario con la creación de versos con sentido. Su lanzamiento ha provocado reacciones adversas tanto en España como en el mundillo literario salvadoreño, y sin lugar a dudas, también en los demás países latinoamericanos en los que Visor a coeditado a sus poetas. Para el caso, la DPI hizo una coedición con Visor de 300 ejemplares, la cual para este país, desde mi perspectiva, basta y sobra.
Ahora bien, me parece propicio cavilar sobre la trascendencia de estos dos eventos del ámbito literario.
En El Salvador, penosamente, el Turno del Ofendido cuyo fin es conmemorar al poeta asesinado, se realiza sin mayor trascendencia. Un poeta invita a otros poetas y leen sus poemas. Incluso ha habido una iniciativa ridícula de andar en bicicleta leyendo sus poemas. Bien, que todo sea porque al "pueblo" llegue un poquito de su legado.
Considero que los eventos sobre Roque Dalton podrían ser más impactantes, porque la naturaleza de su obra lo propicia. Está muy bien el análisis de la misma, sin embargo, sus poemas son para la gente y hay diversas formas artísticas de hacércelos llegar. Los esfuerzos no son suficientes en este sentido.
En nuestro país tenemos -además de otras dolencias- el problema de la carencia de lectores. La gente no lee. No por falta de tiempo o dinero, si no porque sus distracciones son más violentas, para el caso tenemos los eventos futbolísticos que rayan en desórdenes, abusos y cárcel; o la enajenación colectiva por las series morbosas de televisión. La lectura no se promueve de forma efectiva. Con media hora que los jóvenes dedicaran diariamente a la lectura, se avanzaría un montón. Sin embargo, ni los maestros leen siquiera, por ende, no saben qué proponerles a sus alumnos para leer.
El desconocimiento de la obra de nuestros escritores, que son muy pocos los buenos, nos hace caer en apologías vergonzosas, así como, en una critica sin consistencia sobre la misma, a esto yo le llamaría: prejuicios vulgares.
Así como ocurre con la obra de Dalton, ocurrirá con la obra de Galán.
Ambos han trascendido, nos guste o no, a las fronteras de nuestro mundillo literario. Ambos escriben con sentido aunque su lenguaje, su fuerza poética, sus emociones e intereses sean diferentes.
Cada uno de ellos responde a su época.
Dalton responde a la efervescencia política e ideológica de los años setentas, al clamor colectivo, a la esperanza en la lucha, a su corazón taciturno, de tal manera que toda esa energía desembocó en su asesinato.
Galán responde al desencanto de los ideales, al ensimismamiento del individuo, al auge de las filosofías posmodernistas, en fin, a la incertidumbre.
Dalton es arbitrario e irreverente con el uso del lenguaje.
Galán es exquisito y muy bien portado al respecto, porque, incluso sus abusos adjetivales son graciosos.
A ninguno de los dos podría cuestionar sobre su talento, vivencia y bagaje.
El problema de ser criticos mediocres y muy excluyentes con el aporte que ha brindado uno y el que brinda el otro, obedece a la falta de formación literaria.
No se ha leído a Roque Dalton y se le rechaza apriori o se le enaltece en demasía.
No se ha leído a Jorge Galán y se le desmerita apriori.
En conclusión, creo que es vital y urgente leernos. Dejar fuera los prejuicios, ya sea, que se quiera enarbolar un nacionalismo barato o que se quiera destruir los incipientes aportes en una tradición literaria nacional. Sea cuál sea el propósito, hay que leernos.
Creo que si Jorge Galán encabeza una antología cuyo manifiesto revela las inquietudes de varios poetas frente a la poesía actual y le denominan "Poesía ante la incertidumbre"; Roque Dalton bien podría haber sido la cabeza de una antología latinoamericana o, siendo más osada, salvadoreña que se denominara "Poesía contra la incertidumbre".

8 de mayo de 2011

Mis exigencias emocionales pueden ser destructivas

Temores

Esta pared blanca sobre la que el cielo hácese a sí mismo:
infinita, verdad, intocablemente intocable.
Los ángeles se bañan en ella, y las estrellas igualmente, en indiferencia también.
Mi medio son.
El sol se disuelve contra esa pared, desangrándose de sus luces.

Gris es la pared ahora, desgarrada y sangrienta.
¿Cómo salir de la mente?
Los pasos a mi zaga concéntranse en un pozo.
Este mundo carece de árboles y de pájaros,
solo hay agrura en él.

La pared roja no hace más que sobresaltarse:
un puño rojo se abre y se cierra,
dos papelosas bolsas grises:
he aquí mi materia, bueno: y terror también
a que llévenme entre cruces y una lluvia de lástimas.

Irreconocibles pájaros en una pared negra:
torciendo el cuello.
¡Esos sí que no hablan de inmortalidad!
Dos frías balas muertas se nos aproximan:
con mucha prisa vienen.

Sylvia Plath. De "Árboles de Invierno" 1971.
Versión de Jesús Pardo.

En este cruel e intenso poema se ha descrito mi habitación luego de una discusión. Odio la tensión que se produce después de un altercado con mi esposo. Sé que todas las convivencias deben sufrirlas y es equívoco esperar que un roce nunca traspasará los linderos de la tolerancia. Sin embargo, es duro entender la reacciones de la psiquis en defensa de sí mismo, sin que éstas sean menoscabadas por la furia y el resentimiento.
Me he pensado mucho al respecto y he podido determinar dos características en mis reacciones ante un conflicto. La primera es que intento reparar el daño que, desde mi perpectiva, pude haber causado con un discurso interpretativo, extenso y muy bien ejemplificado sobre mis errores, inseguridades, miedos, expectativas, disgutos, etc. Hago esto porque no soporto el silencio del enojo, pues me hace especular demasiado. En segundo lugar, como una fiel creyente de la justicia y la igualdad de condiciones espero que mi esposo haga lo mismo y ahí está el meollo. Él sólo me escucha, me observa y se da la vuelta. Entonces emprendo la labor de persuadirlo para que exprese su sentir y termino muy molesta. Esta situación es desgastante e improductiva.
La verdad es que no todas las personas responden de la misma forma, por muy racional e ideal que me parezca mi reacción. La forma de canalizar un conflicto depende tanto de la personalidad como del proceso de socialización del individuo. La clave está en entender y aceptar la forma de reaccionar de la psiquis de los seres a los que profeso algún cariño para evitar heridas profundas y determinantes en ellos por mi empeño de querer hacer las cosas como creo que deben de ser.
En este sentido, he concluido que esperar de mi esposo una reacción similar a la mía cuando estamos en desacuerdo es una exigencia emocional semejante a que un terapeuta pretenda que con una visita ocasional, una jovencita abusada sexualmente supere el odio que tiene por su agresor.
Debo ser más cuidadosa.
Considero que el orgullo también tiene sus límites y que a veces el silencio es la mejor catarsis.

2 de mayo de 2011

Duda

Pedimos a las personas sensibilidad, pero ¿Realmente somos sensibles a la sensibilidad del projimo?