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26 de febrero de 2011

¿Cómo curar las fisuras del pasado sin volverse insensibles en el presente?

Alguna vez he sufrido un arrebato de ira o una traición a la confianza o una laceración más o menos profunda que me ha conducido a la conmiseración, el reproche y la tristeza. Dichas reacciones me parecen válidas y saludables. Sin embargo cuando esos estados son indefectibles, desfallezco.
Mi voluntad se ve seriamente menguada. Mis ojos se cristalizan. Soy incapaz de erguirme. El agua de la ducha me produce hipotermia. El viaje sobre la carretera me produce náuseas. El calor del verano me propicia una urticaria desesperante. El sueño nocturno está plagado de imágenes grotescas; niños asesinos, circos con presentaciones espeluznantes, mujeres obesas y pintarrajeadas, y el sueño recurrente de un mar oscuro y fétido como un mar de petróleo, con bestias prehistóricas y olas inmensas que me ahogan.
Estos períodos han sido una constante en mi vida desde hace diez años. He aprendido a identificarlos justo antes de llegar a la cúspide de la fatalidad y casi siempre me he salvado a tiempo. Ésto lo logré después de alcanzar un par de veces el clímax y de caer, recia, sobre las ninfas de un lago frígido; además de leer y hablar con especialistas sobre el tema.
Entre mis lecturas me topé con Otto Rank, un participante joven de las tertulias sicoanalíticas en el consultorio de Sigmund Freud.
Otto Rank plantea que la reacción más terrible del individuo ante un evento traumático es la pérdida de la voluntad. Esto significa que la principal función de un terapeuta es acompañar el proceso de recuperación de la misma. Él la denomina como Voluntad Creativa. Rank supone que recuperarla implicaría la curación de todos los síntomas emocionales y físicos del paciente. Existe toda una teorización al respecto en la cual no entraré pero aconsejo investigar.
Ahora bien, la recuperación de la Voluntad Creativa y de la capacidad de sanarse a sí mismo, implica emprender la vorágine hacia el pasado para sellar las fisuras que desquebrajan la siquis y volver con la fortaleza que un tesoro exquisito deja después de una difícil expedición. Éste proceso podría tener consecuencias nefastas como la adicción al dolor del recuerdo que procura una estadía anacrónica; o, lo que temo, la insensibilidad en el presente. He conocido ambas consecuencias, hasta ahora no en mí. Personas que viven del pasado. Personas que niegan a su pasado y en el presente son los espectadores de un film, que es su vida misma.
José Antonio Marina, un filósofo y ensayista español se preguntaba: ¿Cómo hacerse resistente sin volverse insensibles?. Encontrar el equilibrio de la voluntad es el reto.
Hasta ahora, mi fuerza se concentra en evitar hacer tanto daño cuando esos episodios me anegan. Aislarme un poco más de lo normal, esto significa casi siempre absoluta soledad y evitar tomar café.

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