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14 de febrero de 2011

Breve reflexión sobre la impotencia de decir: ¡Adiós!

Mis despedidas siempre han sido una mentira. Nunca han sido reales. Decir adiós y nunca volver ha sido un intento fallido en mi vida desde hace años. Intenté suicidarme cuando tenía catorce o quince años; suicidio fallido. Intenté largarme de este país y viajar por las costas sureñas; aventura fallida. Intenté quedarme en un país suramericano; exilio fallido. Intenté perder la cordura con un tratamiento de anti-depresivos; locura fallida. En fin, una despedida real siempre ha sido un imposible. Ignoro el por qué de mis fracasos. ¿Será que estoy muy arraigada a lo que pretendo dejar? ¿Habrá una energía potente que me retiene en este espacio? ¿Será que la energía de la gente que profesa algún sentimiento hacia mí, me arraiga? Yo me quiero despedir, empero ¿Esas personas querrán que me despida? ¿Temen de mi despedida? De hecho, mis despedidas han sido sin sentido, impetuosas y muy poco cordiales.
Ahora temo estar presa. Temo caer, de nuevo, en la espiral infinita de la ida y el retorno. Temo quedar sin muchas alternativas; por eso, ahora en lugar de decir "adiós" digo "hasta luego".

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