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6 de enero de 2011

La formación literaria del poeta. Última entrega.

Ricardo Castrorrivas yacía sentado en una silla evidentemente incómoda. Frente a él se erguían dos hileras de cuatro o cinco libros en un escritorio pequeño y derruido.
Hablaba con un tono de voz muy bajo, conspirador, sedicioso, como si las instalaciones propiciaran los últimos detalles de un complot ansiado, de un complot al que todos los presentes atribuíamos las serias alteraciones a nuestros ciclos de sueño; Ricardo Castrorrivas leía poesía.
El veterano poeta realizaba una lectura en una especie de cochera del Diario Colatino en el centro de San Salvador. Éramos cinco personas las que lo escuchábamos. El espacio no era el idóneo. La luz era tenue. Detrás de los anfitriones había un desorden de papel periódico. Afuera, un céfiro diurno favorecía un día agradable, adentro hacía mucho calor. Sin embargo estábamos ahí con un amigo haciendo un esfuerzo por escuchar con claridad los versos recitados, que más bien parecían musitados.
En dicha ocasión, el escritor hizo una alusión sobre su amistad con Roque Dalton. Relató -con su peculiar estilo- cómo el poeta difunto le dio uno de los consejos más importantes para su vida literaria. Esa tarde lo compartía con cinco desconocidos en un recital con matices del inframundo. Un consejo tan complicado de cumplir que ahora se ha vuelto en una sentencia ineludible, unas palabras que mutaron de una sugerencia afable a un requisito imperioso para los escritores emergentes:"LEER, LEER, LEER Y LUEGO, ESCRIBIR".

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