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26 de enero de 2011

Incertidumbre post mortem

No sé si temo a la muerte, o si, tan sólo, me conmociona o me produce risa.

Al comenzar este año murió un poeta nicaragüense -probablemente se suicidó, algunos de sus poemas y relatos casi lo predecían, aunque hasta ahora no he encontrado alguna alusión a la causa de la muerte- y todos lloraban su deceso. Yo, en cambio, me burlé de todos los vivos que difundieron el suceso. No por conocer o desconocer al fulano, si no por el aparataje de condolencias que se elevó. Me pareció, en demasía, absurdo. La muerte es parte de la cotidianidad, que dependiendo del "status" que se haya aruñado dentro de la sociedad, puede convertirse en una efeméride o en una estadística.
Las personas niegan a la muerte, por eso les produce miedo. Las personas se aferran al cuerpo, por eso les duele el funeral. Sin embargo, si se le quita el histrionismo a dicho evento sólo queda la reflexión.
¿Cuál es la relevancia de la muerte?
Lo que deja el ser que muere, a quién le sirve y en qué medida.
Si este escritor centroamericano hubiese muerto inédito, nadie diría algo.
Supuniendo un suicidio, ¿Habría propiciado su muerte sin la certeza de que el gremio pregonaría a su exigua producción literaria?
¿Alfonsina Storni lo habría hecho? Soy muy audaz, lo sé.
Mi cavilación sobre el tema resurgió por una noticia que leí sobre la muerte de la escritora y activista política Susana Chávez, defensora de los Derechos Humanos de su ciudad, en especial de las mujeres, deliberadamente violentados en México y en todos los países de la región. Susana Chávez fue una víctima del verdugo al que contendía. Según la nota fue violada y asesinada por tres menores de edad, sugiriendo otro número en las estadísticas.
Nadie dijo algo.
Su legado es una afrenta a los intereses económicos y políticos de estos países.
Su legado son unos versos insospechados que carecen de la fascinación del gremio literario.
Pero, ¿A quién le estremece el asesinato de una poetisa muy bulliciosa con los problemas de su comunidad? Eso es obsoleto. Eso es de los años setentas, diría un conocido poeta.
¿Acaso es más virutosa, poética, artística una muerte deliberada, a un homicidio por la virtud, por la poesía, por el artista?

La verdad es que sólo tengo muchas dudas respecto al sentido que se le da a la muerte; y dejo esta entrada con el sinsabor que me ocasiona el tema.

6 de enero de 2011

La formación literaria del poeta. Última entrega.

Ricardo Castrorrivas yacía sentado en una silla evidentemente incómoda. Frente a él se erguían dos hileras de cuatro o cinco libros en un escritorio pequeño y derruido.
Hablaba con un tono de voz muy bajo, conspirador, sedicioso, como si las instalaciones propiciaran los últimos detalles de un complot ansiado, de un complot al que todos los presentes atribuíamos las serias alteraciones a nuestros ciclos de sueño; Ricardo Castrorrivas leía poesía.
El veterano poeta realizaba una lectura en una especie de cochera del Diario Colatino en el centro de San Salvador. Éramos cinco personas las que lo escuchábamos. El espacio no era el idóneo. La luz era tenue. Detrás de los anfitriones había un desorden de papel periódico. Afuera, un céfiro diurno favorecía un día agradable, adentro hacía mucho calor. Sin embargo estábamos ahí con un amigo haciendo un esfuerzo por escuchar con claridad los versos recitados, que más bien parecían musitados.
En dicha ocasión, el escritor hizo una alusión sobre su amistad con Roque Dalton. Relató -con su peculiar estilo- cómo el poeta difunto le dio uno de los consejos más importantes para su vida literaria. Esa tarde lo compartía con cinco desconocidos en un recital con matices del inframundo. Un consejo tan complicado de cumplir que ahora se ha vuelto en una sentencia ineludible, unas palabras que mutaron de una sugerencia afable a un requisito imperioso para los escritores emergentes:"LEER, LEER, LEER Y LUEGO, ESCRIBIR".