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23 de agosto de 2011

Las otras voces. Antología de poesía joven salvadoreña.



Las otras voces. Antología de poesía joven se presentará en la FILCEN este 2 de septiembre. Participamos en ella Roger Guzmán, Rebeca Henríquez, Lauri García Dueñas, Krisma Mancía, Claudia Meyer, Vladimir Amaya, Roxana Méndez, Lya Ayala y Laura Zavaleta.

Lugar: Sala cultural Pedro Escalante Arce
Hora: 6:00 p.m.

11 de agosto de 2011

Tres poemas de Irene Gruss

En la ruta
Lo único que podría curarme
o que al fin me sacara de este hospicio
es subir a un auto de línea sport
no muy confortable
pero amplio
que lo manejara
un hombre pudiente
potente
y valeroso
o sea temeroso de sí.
Si él aceptara conducir hasta la ruta
(odio el límite de la ciudad,
ese bochorno de la pobreza salpicado por uno que otro
cardo o girasol),
donde comienza la fila larga y azul del lino
o los maizales, amarillos,
si la antena de la radio funcionara
yo podría quitarme este peso de encima
podría mirar las cosas de forma diferente.
Sin que intervenga, sin presión de ningún tipo
este hombre serio o
sonriente
me acariciaría suavemente la nuca
de manera tal
que mi pelo pajizo se convertiría en lacio
mi nudo nervioso pasaría a
relajarse,
y podría mirarlo de frente, sonreírme yo también
o al menos
dibujar un nombre en la ventanilla
sin problema, como si él no existiera.
Entonces yo tomaría el volante
y mientras él descansara
(mirando fijamente la mano contraria)
me pondría a cantar esas canciones de
preguerra
que tanto enloquecieron a la generación
anterior.
Sólo así podría dominar mi ira
solamente así.
Cuando el auto se haya alejado bastante
y el calor sólo sea
esa curiosidad
por las mariposas estrellándose
contra el motor,
y el hombre a mi lado no se inmute
ni se inmiscuya
cuando la
alegría
sea lo único que me plazca.

Solo de contralto
Conté con los dedos de mi mano
las veces que tuve, no las que amé.
Las yemas de los dedos
se quedaron mirándome, las líneas
de la mano rieron (¿amé
lo que tuve? ¿Quise decir
quiero un poco
de esto o de aquello,
gané, perdí semejante
generosidad?).
Ahora que me aferro
a lo que tengo _como a un poco
de nada_,
veo líneas que una burla desecha,
y lenta, tiernamente abro
el puño, dejo caer
la arena, vuelvo a tomarla.

Miopía
No ve
lo pequeñas que son las cosas.
Delirio de grandeza
en la mirada.

15 de julio de 2011

Efeméride nefasta

Era la madrugada lluviosa del 15 de julio de 2010. Tambaleaba sobre el asfalto húmedo sin aparente rumbo. Mi aliento amargo resoplaba mientras intentaba proferir la ofensa más terrible hacia el hombre que me había abandonado en plena ciudad. A duras penas lograba mantenerme en pie. Los tacones de diez centímetros de alto se doblaban como floretes al contacto con el asfalto. Arranqué abruptamente el collar que rodeaba mi frágil cuello y tiré los aretes sobre un arriate despoblado. Me senté en la acera. Estaba cansada. Venía caminando desde las proximidades del redondel Bandel Powel hacia el centro de la ciudad. Había bebido una cantidad exagerada de alcohol de manera que mi cuerpo estaba completamente intoxicado. Mis capacidades motrices, por ende, habían menguado. Me asomé hacia un portón de barras separadas y muy alto. Un vigilante se acercó. Le pedí que me dejara pasar adentro, pues eran las tres de la mañana y faltaba mucho para que pasara un autobús, y quería descansar en un lugar seguro. Me abrió el portón y me llevó hacia unas mesas. Me recosté y me dormí. A partir de este momento sólo recuerdo algunas escenas producto de la modorra y del alcohol. Recuerdo que me levantaron y me condujeron hacia una habitación en la que habían muchos casilleros. Tendieron una especie de petate en el suelo. Me pusieron contra la pared mientras un hombre me sostenía las manos con rudeza y otro me desnudaba. Ambos abusaron sexualmente de mí. Recuerdo algunas de sus expresiones soeces mientras me mostraban sus escopetas de perdigones y me dejaban tirada en el suelo. Volví a perder la conciencia. Al amanecer, uno de ellos me dio un puntapié para despertarme y llevarme hasta la parada de buses.
"Aquí te tratamos bien, no te podés quejar. Te dimos dónde dormir y te atendimos bien" Dijo un vigilante cuando salía de aquel lugar. Me dormí en todo el trayecto. Llegué a casa en un terrible estado de ebriedad. Cuando desperté estaba adolorida y con fiebre.
Después de esa madrugada no salí durante una semana ni a la tienda. No hablé de eso con nadie y decidí borrarlo de mi mente, como resultado me brotó una Urticaria de origen nervioso que traté durante un mes con mucha dificultad. Seis meses después me hice un chequeo físico completo y la primera prueba de VIH y todo resultó bien. A partir de ese momento estuve en tratamiento psicológico con el cual pude reconstruir los hechos.
Muchas veces escuchamos historias de este tipo y creemos que estamos tan lejanas y exentas de experimentar una agresión sexual o que una noche de juerga se convierta, de pronto, en una pesadilla. La verdad que en este país no estamos inmunes a cualquier tipo de violencia.
Hace un año sufrí ese abuso sexual y en esta efeméride nefasta decidí compartirlo como una forma de enfrentarme ante ese monstruo y liberarme de sus flagelos.

17 de junio de 2011

Dos poemas de dos poetas polacos

Zbigniew Herbert
Dos gotas

Los bosques ardían-
y ellos
en sus cuellos enredaban los brazos
como ramos de rosas

la gente corría a los refugios
él decía que su esposa tenía cabellos
en los que uno podía esconderse

cubiertos con una sola manta
musitaban impúdicas palabras
la letanía de los amantes

Si la cosa se ponía fea
saltaban en los ojos del otro
y los cerraban con fuerza

con tanta fuerza que no sintieron el fuego
que alcanzaba sus pestañas

hasta el final fueron audaces
hasta el final fueron fieles
hasta el final fueron parecidos
como dos gotas
detenidas al borde de la cara

(1956)

De "Informe sobre la ciudad sitiada".
Traducción de Xaverio Ballester
Madrid, Ediciones Hiperión, 1993. 2.ª edición, 2008


Ryszard Kapuscinski
Un hombre mayor...

Un hombre mayor
levanta
un dedo que ha mojado con la lengua

mira
de dónde sopla el viento

después
se sitúa según la dirección del aire
y sale volando

no muy alto
no muy lejos

De "Bloc de notas" 1986 (Poesía completa - Bartleby Editores 2008)
Versión de Abel A. Murcia Soriano

23 de mayo de 2011

El principiante. Un cuento de Charles Bukowski

Bien, dejé el lecho de muerte y salí del hospital del condado y conseguí un trabajo como encargado de almacén. Tenía los sábados y los domingos libres y un sábado hablé con Madge:
-Mira, nena, no tengo prisa por volver a ese hospital. Tendría que buscar algo que me apartara de la bebida. Hoy, por ejemplo, ¿qué se puede hacer sino emborracharse? El cine no me gusta. Los zoos son estúpidos. No podemos pasarnos todo el día jodiendo. Es un problema.
-¿Has ido alguna vez a un hipódromo?
-¿Qué es eso?
-Donde corren los caballos. Y tú apuestas.
-¿Hay algún hipódromo abierto hoy?
-Hollywood Park.
-Vamos.
Madge me enseñó el camino. Faltaba una hora para la primera carrera y el aparcamiento estaba casi lleno. Tuvimos que aparcar a casi un kilómetro de la entrada.
-Parece que hay mucha gente -dije.
-Sí, la hay.
-¿Y qué haremos ahí dentro?
-Apostar a un caballo.
-¿A cuál?
-Al que quieras.
-¿Y se puede ganar dinero?
-A veces.
Pagamos la entrada y allí estaban los vendedores de periódicos diciéndonos:
-¡Lea aquí cuales son sus ganadores! ¿Le gusta el dinero? ¡Nosotros le ayudaremos a que lo gane!
Había una cabina con cuatro personas. Tres de ellas te vendían sus selecciones por cincuenta centavos, la otra por un dólar. Madge me dijo que comprase dos programas y un folleto informativo. El folleto, me dijo, trae el historial de los caballos. Luego me explicó cómo tenía que hacer para apostar.
-¿Sirven aquí cerveza? -pregunté.
-Sí claro. Hay un bar.
Cuando entramos, resultó que los asientos estaban ocupados. Encontramos un banco atrás, donde había como una zona tipo parque, cogimos dos cervezas y abrimos el folleto. Era sólo un montón de números.
-Yo sólo apuesto a los nombres de los caballos -dijo ella.
-Bájate la falda. Están todos viéndote el culo.
-¡Oh! Perdona.
-Toma seis dólares. Será lo que apuestes hoy.
-Oh, Harry, eres todo corazón -dijo ella.
En fin, estudiamos todo detenidamente, quiero decir estudié, y tomamos otra cerveza y luego fuimos por debajo de la tribuna a primera fila de pista. Los caballos salían para la primera carrera. Con aquellos hombrecitos encima vestidos con aquellas camisas de seda tan brillantes. Algunos espectadores chillaban cosas a los jinetes, pero los jinetes les ignoraban. Ignoraban a los aficionados y parecían incluso un poco aburridos.
-Ese es Willie Shoemaker -dijo Madge, señalándome a uno. Willie Shoemaker parecía a punto de bostezar. Yo también estaba aburrido. Había demasiada gente y había algo en la gente que resultaba depresivo.
-Ahora vamos a apostar -dijo ella.
Le dije dónde nos veríamos después y me puse en una de las colas de dos dólares ganador. Todas las colas eran muy largas. Yo tenía la sensación de que la gente no quería apostar. Parecían inertes. Cogí mi boleto justo cuando el anunciador decía: «¡Están en la puerta!».
Encontré a Madge. Era una carrera de kilómetro y medio y nosotros estábamos en la línea de meta.
-Elegí a Colmillo Verde -le dije.
-Yo también -dijo ella.
Tenía la sensación de que ganaríamos. Con un nombre como aquél y la última carrera que había hecho, parecía seguro. Y con siete a uno.
Salieron por la puerta y el anunciador empezó a llamarlos. Cuando llamó a Colmillo Verde, muy tarde, Madge gritó:
-¡COLMILLO VERDE!
Yo no podía ver nada. Había gente por todas partes. Dijeron más nombres y luego Madge empezó a saltar y a gritar:
¡COLMILLO VERDE! ¡COLMILLO VERDE!
Todos gritaban y saltaban. Yo no decía nada. Luego, llegaron los caballos.
-¿Quién ganó? -pregunté.
-No sé -dijo Madge-. Es emocionante, ¿eh?
-Sí.
Luego, pusieron los números. El favorito 7/5 había ganado, un 9/2 quedaba segundo y un 3 tercero.
Rompimos los boletos y volvimos a nuestro banco.
Miramos el folleto para la siguiente carrera.
-Apartémonos de la línea de meta para poder ver algo la próxima vez.
-De acuerdo -dijo Madge.
Tomamos un par de cervezas.
-Todo esto es estúpido -dije-. Esos locos saltando y gritando, cada uno a un caballo distinto. ¿Qué pasó con Colmillo Verde?
No sé. Tenía un nombre tan bonito.
-Pero los caballos no saben cómo se llaman... El nombre no les hace correr.
-Estás enfadado porque perdiste la carrera. Hay muchas más carreras.
Tenía razón. Las había.
Seguimos perdiendo. A medida que pasaban las carreras, la gente empezaba a parecer muy desgraciada, desesperada incluso. Parecían abrumados, hoscos. Tropezaban contigo, te empujaban, te pisaban y ni siquiera decían «perdón». O «lo siento».
Yo apostaba automáticamente, sólo porque ella estaba allí. Los seis dólares de Madge se acabaron al cabo de tres carreras y no le di más. Me di cuenta de que era muy difícil ganar. Escogieras el caballo que escogieras, ganaba otro. Yo ya no pensaba en las probabilidades.
En la carrera principal aposté por un caballo que se llamaba Claremount III. Había ganado su última carrera fácilmente y tenía un buen tanteo. Esta vez llevé a Madge cerca de la curva final. No tenía grandes esperanzas de ganar. Miré el tablero y Claremount III estaba 25 a uno. Terminé la cerveza y tiré el vaso de papel. Doblaron la curva y el anunciador dijo:
-¡Ahí viene Claremount III!
Y yo dije:
-¡Oh, no!
-¿Apostaste por él? -dijo Madge.
-Sí -dije yo.
Claremount pasó a los tres caballos que iban delante de él, y se distanció en lo que parecían unos seis largos. Completamente solo.
-Dios mío -dije-, lo conseguí.
-¡Oh, Harry! ¡Harry!
-Vamos a tomar un trago -dije.
Encontramos un bar y pedí. Pero esta vez no pedí cerveza. Pedí whisky.
-Apostamos por Claremount III -dijo Madge al del bar.
-¿Sí? -dijo él.
-Sí -dije yo, intentando parecer veterano. Aunque no sabía cómo eran los veteranos del hipódromo.
Me volví y miré el marcador. CLAREMOUNT se pagaba a 52,40.
-Creo que se puede ganar a este juego -le dije a Madge -. Sabes, si ganas una vez no es necesario que ganes todas las carreras. Una buena apuesta, o dos, pueden dejarte cubierto.
-Así es, así es -dijo Madge.
Le di dos dólares y luego abrimos el folleto. Me sentía confiado. Recorrí los caballos. Miré el tablero.
-Aquí está -dije-. LUCKY MAX. Está nueve a uno ahora. El que no apueste por Lucky Max es que está loco. Es sin duda el mejor y está nueve a uno. Esta gente es tonta.
Fuimos a recoger mis 52,40.
Luego fui a apostar por Lucky Max. Sólo por divertirme, hice dos boletos de dos dólares con el ganador.
Fue una carrera de kilómetro y medio, con un final de carga de caballería. Debía haber cinco caballos en el alambre. Esperamos la foto. Lucky Max era el número seis. Indicaron cuál era el primero:
6.
Oh Dios mío todopoderoso. LUCKY MAX.
Madge se puso loca y empezó a abrazarme y besarme y dar saltos.
También ella había apostado por él. Había alcanzado un diez a uno. Se pagaba 22,80 dólares. Le enseñé a Madge el boleto ganador extra. Lanzó un grito. Volvimos al bar. Aún servían. Conseguimos beber dos tragos antes de que cerraran.
-Dejemos que se despejen las colas -dije-. Ya cobraremos luego.
-¿Te gustan los caballos, Harry?
-Se puede -dije-, se puede ganar, no hay duda.
Y allí estábamos, bebidas frescas en la mano, viendo bajar a la multitud por el túnel camino del aparcamiento.
-Por amor de Dios -le dije a Madge-, súbete las medias. Pareces una lavandera.
-¡Uy! ¡Perdona papaíto!
Mientras se inclinaba, la miré y pensé, pronto podré permitirme algo un poquillo mejor que esto.
Jajá.

21 de mayo de 2011

La garganta de acero. Un cuento de Mijaíl Bulgákov.

Definitivamente esto es mejor que Dr. House o Anatomía según Grey.
Les aconsejo que lo lean.
Sólo hagan click en el título o copien este URL:

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/rus/bulgakov/garganta.htm

¡Impresionante!

19 de mayo de 2011

Roque Dalton y la poesía ante la incertidumbre

Me encanta hacer analogías de este tipo.
Por un lado, Roque Dalton el escritor salvadoreño con un extenso legado poético, crítico e histórico, este mes cumplió 36 años de su asesinato. A nivel internacional se han realizado diversos actos y encuentros conmemorativos.
Por otra parte, en España, Visor una de las editoriales más prestigiosas del habla hispana ha presentado una antología de poetas iberoamericanos llamada: Poesía ante la incertidumbre. La antología la encabeza el poeta salvadoreño Jorge Galán. En la página web oficial de la antología se puede leer un manifiesto de los poetas respecto al rumbo de la poesía actual y de su propuesta de reivindicación de este género literario con la creación de versos con sentido. Su lanzamiento ha provocado reacciones adversas tanto en España como en el mundillo literario salvadoreño, y sin lugar a dudas, también en los demás países latinoamericanos en los que Visor a coeditado a sus poetas. Para el caso, la DPI hizo una coedición con Visor de 300 ejemplares, la cual para este país, desde mi perspectiva, basta y sobra.
Ahora bien, me parece propicio cavilar sobre la trascendencia de estos dos eventos del ámbito literario.
En El Salvador, penosamente, el Turno del Ofendido cuyo fin es conmemorar al poeta asesinado, se realiza sin mayor trascendencia. Un poeta invita a otros poetas y leen sus poemas. Incluso ha habido una iniciativa ridícula de andar en bicicleta leyendo sus poemas. Bien, que todo sea porque al "pueblo" llegue un poquito de su legado.
Considero que los eventos sobre Roque Dalton podrían ser más impactantes, porque la naturaleza de su obra lo propicia. Está muy bien el análisis de la misma, sin embargo, sus poemas son para la gente y hay diversas formas artísticas de hacércelos llegar. Los esfuerzos no son suficientes en este sentido.
En nuestro país tenemos -además de otras dolencias- el problema de la carencia de lectores. La gente no lee. No por falta de tiempo o dinero, si no porque sus distracciones son más violentas, para el caso tenemos los eventos futbolísticos que rayan en desórdenes, abusos y cárcel; o la enajenación colectiva por las series morbosas de televisión. La lectura no se promueve de forma efectiva. Con media hora que los jóvenes dedicaran diariamente a la lectura, se avanzaría un montón. Sin embargo, ni los maestros leen siquiera, por ende, no saben qué proponerles a sus alumnos para leer.
El desconocimiento de la obra de nuestros escritores, que son muy pocos los buenos, nos hace caer en apologías vergonzosas, así como, en una critica sin consistencia sobre la misma, a esto yo le llamaría: prejuicios vulgares.
Así como ocurre con la obra de Dalton, ocurrirá con la obra de Galán.
Ambos han trascendido, nos guste o no, a las fronteras de nuestro mundillo literario. Ambos escriben con sentido aunque su lenguaje, su fuerza poética, sus emociones e intereses sean diferentes.
Cada uno de ellos responde a su época.
Dalton responde a la efervescencia política e ideológica de los años setentas, al clamor colectivo, a la esperanza en la lucha, a su corazón taciturno, de tal manera que toda esa energía desembocó en su asesinato.
Galán responde al desencanto de los ideales, al ensimismamiento del individuo, al auge de las filosofías posmodernistas, en fin, a la incertidumbre.
Dalton es arbitrario e irreverente con el uso del lenguaje.
Galán es exquisito y muy bien portado al respecto, porque, incluso sus abusos adjetivales son graciosos.
A ninguno de los dos podría cuestionar sobre su talento, vivencia y bagaje.
El problema de ser criticos mediocres y muy excluyentes con el aporte que ha brindado uno y el que brinda el otro, obedece a la falta de formación literaria.
No se ha leído a Roque Dalton y se le rechaza apriori o se le enaltece en demasía.
No se ha leído a Jorge Galán y se le desmerita apriori.
En conclusión, creo que es vital y urgente leernos. Dejar fuera los prejuicios, ya sea, que se quiera enarbolar un nacionalismo barato o que se quiera destruir los incipientes aportes en una tradición literaria nacional. Sea cuál sea el propósito, hay que leernos.
Creo que si Jorge Galán encabeza una antología cuyo manifiesto revela las inquietudes de varios poetas frente a la poesía actual y le denominan "Poesía ante la incertidumbre"; Roque Dalton bien podría haber sido la cabeza de una antología latinoamericana o, siendo más osada, salvadoreña que se denominara "Poesía contra la incertidumbre".

8 de mayo de 2011

Mis exigencias emocionales pueden ser destructivas

Temores

Esta pared blanca sobre la que el cielo hácese a sí mismo:
infinita, verdad, intocablemente intocable.
Los ángeles se bañan en ella, y las estrellas igualmente, en indiferencia también.
Mi medio son.
El sol se disuelve contra esa pared, desangrándose de sus luces.

Gris es la pared ahora, desgarrada y sangrienta.
¿Cómo salir de la mente?
Los pasos a mi zaga concéntranse en un pozo.
Este mundo carece de árboles y de pájaros,
solo hay agrura en él.

La pared roja no hace más que sobresaltarse:
un puño rojo se abre y se cierra,
dos papelosas bolsas grises:
he aquí mi materia, bueno: y terror también
a que llévenme entre cruces y una lluvia de lástimas.

Irreconocibles pájaros en una pared negra:
torciendo el cuello.
¡Esos sí que no hablan de inmortalidad!
Dos frías balas muertas se nos aproximan:
con mucha prisa vienen.

Sylvia Plath. De "Árboles de Invierno" 1971.
Versión de Jesús Pardo.

En este cruel e intenso poema se ha descrito mi habitación luego de una discusión. Odio la tensión que se produce después de un altercado con mi esposo. Sé que todas las convivencias deben sufrirlas y es equívoco esperar que un roce nunca traspasará los linderos de la tolerancia. Sin embargo, es duro entender la reacciones de la psiquis en defensa de sí mismo, sin que éstas sean menoscabadas por la furia y el resentimiento.
Me he pensado mucho al respecto y he podido determinar dos características en mis reacciones ante un conflicto. La primera es que intento reparar el daño que, desde mi perpectiva, pude haber causado con un discurso interpretativo, extenso y muy bien ejemplificado sobre mis errores, inseguridades, miedos, expectativas, disgutos, etc. Hago esto porque no soporto el silencio del enojo, pues me hace especular demasiado. En segundo lugar, como una fiel creyente de la justicia y la igualdad de condiciones espero que mi esposo haga lo mismo y ahí está el meollo. Él sólo me escucha, me observa y se da la vuelta. Entonces emprendo la labor de persuadirlo para que exprese su sentir y termino muy molesta. Esta situación es desgastante e improductiva.
La verdad es que no todas las personas responden de la misma forma, por muy racional e ideal que me parezca mi reacción. La forma de canalizar un conflicto depende tanto de la personalidad como del proceso de socialización del individuo. La clave está en entender y aceptar la forma de reaccionar de la psiquis de los seres a los que profeso algún cariño para evitar heridas profundas y determinantes en ellos por mi empeño de querer hacer las cosas como creo que deben de ser.
En este sentido, he concluido que esperar de mi esposo una reacción similar a la mía cuando estamos en desacuerdo es una exigencia emocional semejante a que un terapeuta pretenda que con una visita ocasional, una jovencita abusada sexualmente supere el odio que tiene por su agresor.
Debo ser más cuidadosa.
Considero que el orgullo también tiene sus límites y que a veces el silencio es la mejor catarsis.

2 de mayo de 2011

Duda

Pedimos a las personas sensibilidad, pero ¿Realmente somos sensibles a la sensibilidad del projimo?

9 de abril de 2011

Cuatro poemas de Nicanor Parra

El hombre imaginario
El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios.

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario.

Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario.


Epitafio
De estatura mediana,
Con una voz ni delgada ni gruesa
Hijo mayor de un profesor primario
Y de una modista de trastienda;
Flaco de nacimiento
Aunque devoto de la buena mesa;
De mejillas escuálidas
Y de más bien abundantes orejas;
Con un rostro cuadrado
En que los ojos se abren apenas
Y una nariz de boxeador mulato
Baja a la boca del ídolo azteca
-Todo esto bañado
Por una luz entre irónica y pérfida-
Ni muy listo detonto de remate
Fui lo que fui: una mezcla
De vinagre y aceite de comer
¡Un embutido de ángel y bestia!


La víbora
Durante largos años estuve condenado a adorar a una mujer despreciable,
sacrificarme por ella, sufrir humillaciones y burlas sin cuento,
trabajar día y noche para alimentarla y vestirla,
llevar a cabo algunos delitos, cometer algunas faltas,
a la luz de la luna realizar pequeños robos,
falsificaciones de documentos comprometedores,
so pena de caer en descrédito ante sus ojos fascinantes.

En horas de comprensión solíamos concurrir a los parques
y retratarnos juntos manejando una lancha a motor,
o nos íbamos a un café danzante
donde nos entregábamos a un baile desenfrenado
que se prolongaba hasta altas horas de la madrugada.
Largos años viví prisionero del encanto de aquella mujer
que solía presentarse a mi oficina completamente desnuda
ejecutando las contorsiones más difíciles de imaginar
con el propósito de incorporar mi pobre alma a su órbita
y, sobre todo, para extorsionarme hasta el último centavo.
Me prohibía estrictamente que me relacionase con mi familia.
Mis amigos eran separados de mí mediante libelos infamantes
que la víbora hacía publicar en un diario de su propiedad.
Apasionada hasta el delirio no me daba un instante de tregua,
exigiéndome perentoriamente que besara su boca
y que contestase sin dilación sus necias preguntas,
varias de ellas referentes a la eternidad ya la vida futura,
temas que producían en mí un lamentable estado de ánimo,
zumbidos de oídos, entrecortadas náuseas, desvanecimientos prematuros
que ella sabía aprovechar con ese espíritu práctico que la caracterizaba
para vestirse rápidamente sin pérdida de tiempo
y abandonar mi departamento dejándome con un palmo de narices.

Esta situación se prolongó por más de cinco años.
Por temporadas vivíamos juntos en una pieza redonda
que pagábamos a medias en un barrio de lujo cerca del cementerio.
(Algunas noches hubimos de interrumpir nuestra luna de miel
para hacer frente a las ratas que se colaban por la ventana).
Llevaba la víbora un minucioso libro de cuentas
en el que anotaba hasta el más mínimo centavo que yo le pedía en préstamo;
o me permitía usar el cepillo de dientes que yo mismo le había regalado
y me acusaba de haber arruinado su juventud:
lanzando llamas por los ojos me emplazaba a comparecer ante el juez
y pagarle dentro de un plazo prudente parte de la deuda
pues ella necesitaba ese dinero para continuar sus estudios.
Entonces hube de salir a la calle y vivir de la caridad pública,
dormir en los bancos de las plazas,
donde fui encontrado muchas veces moribundo por la policía
entre las primeras hojas del otoño.
Felizmente aquel estado de cosas no pasó más adelante,
porque cierta vez que yo me encontraba en una plaza también
posando frente a una cámara fotográfica
unas deliciosas manos femeninas me vendaron de pronto la vista
mientras una voz amada para mí me preguntaba quién soy yo.
Tu eres mi amor, respondí con serenidad.
¡Ángel mío, dijo ella nerviosamente,
permite que me siente en tus rodillas una vez más!
Entonces pude percatarme de que ella se presentaba ahora
provista de un pequeño taparrabos.
Fue un encuentro memorable, aunque lleno de notas discordantes:
me he comprado una parcela, no lejos del matadero, exclamó,
allí pienso construir una especie de pirámide
en la que podamos pasar los últimos días de nuestra vida.
Ya he terminado mis estudios, me he recibido de abogado,
dispongo de un buen capital;
dediquémonos a un negocio productivo, los dos, amor mío, agregó,
lejos del mundo construyamos nuestro nido.
Basta de sandeces, repliqué, tus planes me inspiran desconfianza.
Piensa que de un momento a otro mi verdadera mujer
puede dejarnos a todos en la miseria más espantosa.
Mis hijos han crecido ya, el tiempo ha transcurrido,
me siento profundamente agotado, déjame reposar un instante,
tráeme un poco de agua, mujer,
consígueme algo de comer en alguna parte,
estoy muerto de hambre,
no puedo trabajar más para ti,
todo ha terminado entre nosotros.


Test
Qué es un antipoeta:
Un comerciante en urnas y ataúdes?
Un sacerdote que no cree en nada?
Un general que duda de sí "mismo?
Un vagabundo que se ríe de todo
Hasta de la vejez y de la muerte?
Un interlocutor de mal carácter?
Un bailarín al borde del abismo?
Un narciso que ama a todo el mundo?
Un bromista sangriento
Deliberadamente miserable?
Un poeta que duerme en una silla?
Un alquimista de los tiempos modernos?
Un revolucionario de bolsillo?
Un pequeño burgués?

2 de abril de 2011

El suspenso eterno

La vida nunca tiene principio ni final. Los sucesos cotidianos no tienen término porque están maniatados a otros sucesos indefectibles. Así nos presenta la vida César Aira en sus cuentos y novelas cortas en las cuales, casi siempre, deja el sinsabor deliberado de un devaneo filosófico. Es como si nos mostrase una parte de la espiral de acontecimientos simultáneos e infinitos que ocurren en el mundo. Sus protagonistas no quedan de pie frente a un edificio añorando al pasado, o en el vagón de un tren jugando una partida de ajedrez. Quedan suspendidos en algún pensamiento o dimensión etérea como usualmente nos pasa cuando la conciencia aprehende lo que acontece. Igualmente, su construcción de la dicotomía conformada por la ficción y la realidad, es muy verosímil. No podría encontrar el solipsismo extremo que lleva al lector a saberse en la realidad y a él en la ficción. De hecho, me parece que su suspicacia es muy entretenida.

El Carrito, César Aira

Uno de los carritos de un gran supermercado del barrio donde yo vivía rodaba solo, sin que nadie lo empujara. Era un carrito igual que todos los otros: de alambre grueso, con cuatro rueditas de goma (las de adelante un poco más juntas que las de atrás, lo que le daba su forma característica) y un caño cubierto de plástico rojo brillante desde el que se lo manejaba. Tan igual era a todos los demás que no se lo distinguía por nada. Era un supermercado enorme, el más grande del barrio, y el más concurrido, así que tenía más de doscientos carritos. Pero el que digo era el único que se movía por sí mismo. Lo hacía con infinita discreción: en el vértigo que dominaba el establecimiento desde que abría hasta que cerraba, y no hablemos de las horas pico, su movimiento pasaba inadvertido. Lo usaban como a todos los demás, lo cargaban de comida, bebidas y artículos de limpieza, lo descargaban en las cajas, lo empujaban de prisa de góndola en góndola, y si en algún momento lo soltaban y lo veían deslizarse un milímetro o dos, creían que era por la inercia.
Solamente de noche, en la calma tan extraña de ese lugar atareadísimo, se hacía perceptible el prodigio, pero no había nadie para admirarlo. Apenas si de vez en cuando algún repositor, de los que empezaban su trabajo al amanecer, se sorprendía de encontrarlo perdido allá en el fondo, junto a la heladera de los supercongelados o entre las oscuras estanterías de los vinos. Y suponían, naturalmente, que se lo habían dejado olvidado allí la noche anterior. El super era tan grande y laberíntico que no tenía nada de raro, ese olvido. Si en esa ocasión, al encontrarlo, lo veían avanzar, y si es que notaban ese avance, que eran tan poco notable como el del minutero de un reloj, se lo explicaban pensando en un desnivel del piso o en una corriente de aire.
En realidad, el carrito se había pasado la noche dando vueltas por los pasillos entre las góndolas, lento y silencioso como un astro, sin tropezar nunca, y sin detenerse. Recorría su dominio, misterioso, inexplicable, su esencia milagrosa disimulada en la trivialidad de un carrito de supermercado como todos.
Tanto los empleados como los clientes estaban demasiado ocupados para apreciar este fenómeno secreto, que por lo demás no afectaba a nadie ni a nada. Yo fui el único en descubrirlo, creo. O más bien, estoy seguro: la atención es un bien escaso entre los humanos, y en este asunto se necesitaba mucha. No se lo dije a nadie, porque se parecía demasiado a una de esas fantasías que se me suelen ocurrir, que me han hecho fama de loco. De tantos años de ir a hacer las compras a ese lugar, aprendí a reconocerlo, a mi carrito, por una pequeña muesca que tenía en la barra; salvo que no tenía que mirar la muesca, porque ya de lejos algo me indicaba que era él. Un soplo de alegría y confianza me recorría al identificarlo.
Lo consideraba una especie de amigo, un objeto amigo, quizás porque en la naturaleza inerte de la cosa el carrito había incorporado ese temblor mínimo de vida a partir del cual todas las fantasías se hacían posibles. Quizás, en un rincón de mi subconciente, le estaba agradecido por su diferencia con todos los demás carritos del mundo civilizado, y por habérmela revelado a mí y a nadie más. Me gustaba imaginármelo en la soledad y el silencio de la medianoche, rodando lentísimo en la penumbra, como un pequeño barco agujereado que partía en busca de aventuras, de conocimiento, de amor (¿por qué no?). ¿Pero qué iba a encontrar, en ese banal paisaje, que era todo su mundo, de lácteos y verduras y fideos y gaseosas y latas de arvejas?
Y aún así no perdía la esperanza, y reanudaba sus navegaciones, o mejor dicho no las interrumpía nunca, como el que sabe que todo es en vano y aun así insiste. Insiste porque confía en la transformación de la vulgaridad cotidiana en sueño y portento. Creo que me identificaba con él, y creo que por esa identificación lo había descubierto. Es paradójico, pero yo que me siento tan lejos y tan distinto de mis colegas escritores, me sentía cerca de un carrito de supermercado. Hasta nuestras respectivas técnicas se parecían: el avance imperceptible que lleva lejos, la restricción a un horizonte limitado, la temática urbana. Él lo hacía mejor: era más secreto, más radical, más desinteresado.
Con estos antecedentes, podrá imaginarse mi sorpresa cuando lo oí hablar, o, para ser más preciso, cuando oí lo que dijo. Habría esperado cualquier cosa antes que su declaración. Sus palabras me atravesaron como una lanza de hielo y me hicieron reconsiderar toda la situación, empezando por la simpatía que me unía al carrito, y hasta la simpatía que me unía a mí mismo, o más en general la simpatía por el milagro.
El hecho de que hablara no me sorprendió en sí mismo, porque lo esperaba. De pronto sentí que nuestra relación había madurado hasta el nivel del signo lingüístico. Supe que había llegado el momento de que me dijera algo (por ejemplo que me admiraba y me quería y que estaba de mi parte), y me incliné a su lado simulando atarme los cordones de los zapatos, de modo de poner la oreja contra el enrejado de alambre de su costado, y entonces pude oír su voz, en un susurro que venía del reverso del mundo y aun así sonaba perfectamente claro y articulado:
–Yo soy el Mal.

21 de marzo de 2011

Manifiesto Chovinista (Pese al extranjerismo de la frase)

He pensado mucho en el accidente que recientemente protagonizó un joven español que conducía en estado de ebriedad, el cual embistió a un pick up policial luego de irrespetar las leyes de tránsito, produciendo la muerte de un agente y varios lesionados. Sedujo mi cavilación debido a que el joven español, es un fotoperiodista de EL FARO; un medio de comunicación electrónico que se caracteriza por ser reclacitrante ante la denuncia, la protesta y el análisis crítico del acontecer político y económico nacional y de Latinoamérica.
Las imágenes que aparecen en un noticiero local son vergonzosas. Una residente española cubre el lente de la cámara con su mano, mientras el periodista del noticiero intenta obtener detalles de lo sucedido. El medio de comunicación televisivo, gracias a su astucia tan particular, logró conocer el nombre y profesión del conductor temerario y darlo a conocer en la misma nota.
En la web, solamente el diario digital LA PAGINA informó sobre el hecho.
En el sitio oficial de EL FARO encontré un pronunciamiento irresponsable, escueto y carente de la sensibilidad con la que suelen matizar a sus reportajes y opiniones.
¿Por qué?
Si la situación hubiese sido a la inversa, es decir, un pick up de la PNC embistiendo a la camioneta del "solidario fotoperiodista internacional" y resultando muerto, imagino una lluvia de información, de pronunciamientos y de muestras de condolencia por la muerte.
Pero no ha sido así; y me parece muy desagradable esta situación.
Un adefesio de malinchismo y esnobismo está expandiéndose en diferentes esferas de nuestra sociedad sin identidad. Los protagonistas de los problemas severos de alcoholismo y de drogadicción; los receptores del trabajo sexual público y privado; el acoso laboral; la discriminación económica, no son exclusivamente salvadoreños y salvadoreñas, si no también extranjeros que, muchas veces asolapados en las ONG para las que trabajan, infrinjen las leyes nacionales aprovechándose de su condición de foráneos, subestimando a nuestro país en un proceso de reconstrucción social.
Ahora bien, como dije los problemas mencionados -y muchos más- no son exclusivos de la nacionalidad; debo admitirlo para no caer en una apología a nuestra cultura decadente y consumista. El problema del consumo descontrolado de alcohol y drogas de cualquier tipo es uno de los vicios de este sistema económico y sus modelos. El combate al narcotráfico se topa con la adicción a la cocaína y al éxtasis de los hijos e hijas de embajadores y de diputados; se topa con el consumo de marihuana, ácidos, heroína de los directores de ONG´s, de los funcionarios públicos en cargos de mucho poder; se topa con el alcoholismo en fase crónica de un joven empresario de descendencia turca y de la esposa del cónsul de un país europeo; se topa con las ambiciones inescrupulosas y la falta de sensibilidad humana.
Este acontecimiento refleja toda esa problemática, que en nuestros países, tiene el agravante de la impunidad.
¿Qué se puede esperar de EL FARO, de Bernat Camps y de la comunidad española, además de una disculpa pública televisada con la institución gubernamental, de las muestras de condolencias públicas a la familia y del seguimiento al proceso penal del infractor de la ley?
Que sean más meticulosos con el personal que sustenta la información de su periódico virtual; talleres de formación de valores como el respeto, la identidad y sensibilidad humana; oportunidades de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos -aunque sean extranjeros- que ya trabajan en la organización; evitar contradicciones ideologicas y de prácticas, para que no pierdan su credibilidad, por ahora, en tela de juicio. Esto podría ser extensivo a las demás ONG´s, ya que, para la burocracia tenemos el incipiente Tribunal de Ética Gubernamental.
Si las organizaciones que gozan del financiamiento y de la cooperación internacional, que impulsan procesos de defensa de los derechos humanos, del respeto a los derechos de la mujer y de la niñez, que impulsan políticas que combatan a la desigualdad y la injusticia de los sectores vulnerables y empobrecidos de El Salvador, tienen como voceros, representantes, directores, colaboradores a personas insensatas y sin ética, ¿Qué tipo de sociedad nos están ayudando a reconstruir?

5 de marzo de 2011

CeBit 2011: La central de los Robots

Terminó la feria de exposición tecnológica más importante del mundo, realizada en Hanóver, Alemania desde 1970.
Este evento despierta en mí, e imagino que en muchas personas más, un breve conflicto; ya que, cuando leí sobre los avances en telecomunicaciones y software; y cuando vi a los ingenieros, científicos y técnicos con su lenguaje corporal que denota supremacía junto a las computadoras en miniatura, juegos, nuevas perspectivas para la mirada, no supe si sentirme orgullosa del género humano o temerosa. Es decir, el hecho de saber que la compañía Tobii mostró un prototipo de computadora portátil que es controlada con la vista por completo, incluso, detalles como aumentar el zoom de una imagen, me deja patidifusa. En contraparte, una sensibilidad ingenua y de segunda mano me embarga cuando pienso en las dificultades que padecemos en nuestros países empobrecidos con el acceso a la tecnología, aunque sea la más "primitiva". Hay lugares en San Salvador, verbigracia, que los jóvenes entre 12 y 16 años aún no tienen la posibilidad de tener una computadora a su entera disposición, mucho menos, a las herramientas que el internet ofrece. De hecho, una hora en un cibercafé cuesta entre $0.50 ctvs. y $1.00 y la mayoría que puede pagarla la desperdicia en las redes sociales. Ahora bien, ese pensamiento sospechoso se acaba cuando sigo observando las maravillas de la CeBit 2011. La compañía Gostai presentó al Robot Jazz, el cual puede sustituir a un supervisor o a un empleado que realiza monitoreos periódicos en lugares como bodegas. Otra máquina inteligente que estuvo presente fue Pleo, el robot dinosaurio interactivo.
Dentro del recorrido en la galería de imágenes del sitio web oficial de la exposición CeBit, me encontré con la fotografía impactante de un hombre saludando a una máquina humanoide. El robot con el que el humano estrechaba su mano era nada más ni nada menos que el bebé de Engineered Arts; RoboThespian

Este "juguete", valorado en más de $95,000.00, es el Robot Actor, cuyo concepto según el sitio web de RoboThespian, es entretener, recitar poesía, cantar, actuar obras de teatro. Habla con fluidez más de 15 idiomas. Ríe. Llora. Se sonroja. Puede entablar una conversación básica y perfecta con un ser humano. No tiene mucha agilidad en sus "miembros" inferiores, pero pronto la tendrá.


RoboThespian fascinó a los españoles hace un par de años cuando en el Parque de las Ciencias de Andalucía en Granada, recitó versos de Federico García Lorca. Es realmente sorprendente.
Esto me pone a pensar, lo qué pasará cuando estos prototipos sean más comunes, superiores y sofisticados, al extremo, de escribir poesía con la cadencia perfecta; novelas con la trama más atrapante y exquisita; de pintar paisajes urbanos y reservas forestales en acuarelas sublimes; de hacer tatuajes; graffittis; de innovar bailes; etc. con sólo que el "artista" le entregue el hálito del "talento" con un soplo por algún puerto. ¿Cuánto durará la resistencia de los artistas humanos? Es tan incierto. Pero parece que sucederá.
Me remito a la novela de Jorge Galán, "El sueño de Mariana" en la que, la proliferación de la tecnología de clones, deja sin alternativas emocionales y sentimentales a un jovencita que opta por dormir eternamente.
Supongo que gracias al saqueo histórico en nuestra región, aún estamos un poco lejos de esa realidad; aún puedo salir a escuchar -aunque no sea la mejor poesía- a algún poeta bohemio, de carne y huesos y sangre y neuronas humanas, en algún bar sórdido de la capital, a la vez, que me admiro del impulso desigual de la tecnología en el mundo. Es reconfortante saber que aún puedo soñar y volver a despertar.

4 de marzo de 2011

Cuatro poemas del último libro de Derek Walcott

En el village

I
Salí por la boca del metro y allí había gente
de pie sobre los escalones como si supiera
algo que yo desconocía. Era la Guerra Fría,
la lluvia radiactiva. Pude ver que la avenida
estaba desierta, toda ella, y pensé que los pájaros
se habían ido de las ciudades y que una plaga
de silencio cubría sus arterias, en la guerra
habían luchado y la perdieron y nada vago
ni sutil hay en este horrendo abismo neoyorquino.
El estruendo machacón de un altavoz avisaba
a los rezagados, acaso amantes de paseo,
de que el mundo se iba a terminar aquella mañana
sin nadie en el trabajo en la Avenida Sexta o Séptima
en aquella perspectiva horrenda y sin contestar.
No era modo de morir, pero tampoco era vida.
En fin, si ardíamos, al menos era en Nueva York.

II
En Nueva York la gente está en una telecomedia.
Yo aparezco en una telenovela hispana, una
en que a un viejo de cabellos como garza una pena
invisible le hace temblar, una aflicción obscena,
y en secreto la cuenta hasta que su rostro delata
arrugas cual paréntesis que su ficción revela
para honda vergüenza propia. Oye, es la vieja historia
de un corazón quijotesco, que en su empeño no ceja
sin importarle a qué se enfrenta. Una cosa de esas
que a nadie romperá el corazón, ni aunque un coronel
rucio se lance del caballo durante la carga,
una batalla que no lo hará estatua. Es el infierno
del amor común, no correspondido. Mira: garzas
cansinas marchan cual tropa despeinada, pancartas
blancas que amarridas se arrastran, son la gran llaga
pálida de un viejo en sus memorias, coplas escritas
que despliegan sus alas como secretos a voces.

III
¿Quién se ha llevado de aquí mi máquina de escribir,
que me ha convertido en un músico sin su pïano
al que se le presenta un vacío claro y grotesco
como otra primavera? Me brotan las venas, harto
voy de poesía, soy papelera de alambre negro.
Visibles son las notas: las antenas los gorriones
llenan como pentagramas, así era en primavera,
mas fríos los tejados están y el gran río gris
por el que se desliza un buque, imponente cual monte
invernal, avanza imperceptible como los años
acumulados. No hay motivo para perdonarla
por lo que yo mismo me he buscado. Atrás queda el odio,
atrás mi añoranza de Italia, allí la nieve sopla,
absuelve y encanece una cordillera de hinojos
a las afueras de Milán. Tras la ventana aguardo
a que el silbo de un pájaro inicie la primavera
desquiciada, pero siento extraños trabajo y manos
sin mi máquina y su música ajada. No hay palabras
para el transatlántico en el Hudson, para la sarna
de los tejados limpios de nieve. Ni versos, ni aves.

IV. El café la Buena Vida
Si en ocasiones caigo en una quietud entrecana
sentado a una mesa con mantel de rojos cuadros
en la terraza del café La Buena Vida, el tráfico
dominguero en el Village mudo y suave es cual polilla
que trabajase en un almacén, se debe a la edad,
y me cuesta admitirlo, o, es verdad, hasta pensarlo.
Persisten en mí las furias, y aunque mi rabia en casa
sea ilógica, diabética, mi amor no ha menguado
pese a que me tiemble la mano, mas no en esta página.
Muy sana está mi lujuria, pero, si por acaso
todas mis torres se secan hasta desmoronarse,
la dicha curvará cañas y juncos con la euforia
de mi pluma de camino a Vieuxfort, los limoncillos
blancos al sol y, en cuanto al mar que rompe en la bahía
de Praslin, todo se resume en la gracia consorte
que la muerte un día habrá de arrancarme de las manos
hoy sobre este mantel a cuadros en este buen sitio.

Derek Walcott (Castries, Santa Lucía, 1930) es poeta, dramaturgo y pintor. En 1992 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Walcott es autor de una vasta obra que incluye más de quince libros de poesía y alrededor de treinta obras de teatro. Estos poemas pertenecen a su último libro, White Egrets (2010), traducción de Luis Ingelmo y publicación de Bartleby Editores, España.

Antonio Canova

Dando una vuelta por The State Hermitage Museum, en San Petersburgo, Rusia; me fue inevitable no flecharme con la escultura de mármol de Antonio Canova que representa a Eros y a Psique contemplando a una mariposa. ¡Impresionante! El mito, en sí, es cautivante y aleccionador; pero el trabajo de este escultor neoclásico es insuperable. Dentro de la obra de Antonio Canova se encuentran más de quince muestras entre criptas y esculturas.
En el recorrido virtual de este museo, gracias a Google Art Project, tuve el placer de encontrar otra obra titulada "Las tres gracias". Diosas menores de la mitología griega; Aglaya, Eufrósine y Talía, respectivamente.
Aparecen apoyadas en un sólo pie y asidas la una de la otra lenemente. Me fascina la calidad del trabajo en mármol, la voluptuosidad, y la elegancia.
En el Museo de Louvre en París, se encuentra otra muestra de este artista de origen italiano: "Psique reanimada por el beso del amor". Igualmente, fantástica. Recomiendo que hagan uso de esta herramienta en Internet, mientras se sacan el billete premiado de la lotería o ahorran lo suficiente para viajar a Rusia, París o Milán, y contemplar en persona la obra de este escultor.


26 de febrero de 2011

¿Cómo curar las fisuras del pasado sin volverse insensibles en el presente?

Alguna vez he sufrido un arrebato de ira o una traición a la confianza o una laceración más o menos profunda que me ha conducido a la conmiseración, el reproche y la tristeza. Dichas reacciones me parecen válidas y saludables. Sin embargo cuando esos estados son indefectibles, desfallezco.
Mi voluntad se ve seriamente menguada. Mis ojos se cristalizan. Soy incapaz de erguirme. El agua de la ducha me produce hipotermia. El viaje sobre la carretera me produce náuseas. El calor del verano me propicia una urticaria desesperante. El sueño nocturno está plagado de imágenes grotescas; niños asesinos, circos con presentaciones espeluznantes, mujeres obesas y pintarrajeadas, y el sueño recurrente de un mar oscuro y fétido como un mar de petróleo, con bestias prehistóricas y olas inmensas que me ahogan.
Estos períodos han sido una constante en mi vida desde hace diez años. He aprendido a identificarlos justo antes de llegar a la cúspide de la fatalidad y casi siempre me he salvado a tiempo. Ésto lo logré después de alcanzar un par de veces el clímax y de caer, recia, sobre las ninfas de un lago frígido; además de leer y hablar con especialistas sobre el tema.
Entre mis lecturas me topé con Otto Rank, un participante joven de las tertulias sicoanalíticas en el consultorio de Sigmund Freud.
Otto Rank plantea que la reacción más terrible del individuo ante un evento traumático es la pérdida de la voluntad. Esto significa que la principal función de un terapeuta es acompañar el proceso de recuperación de la misma. Él la denomina como Voluntad Creativa. Rank supone que recuperarla implicaría la curación de todos los síntomas emocionales y físicos del paciente. Existe toda una teorización al respecto en la cual no entraré pero aconsejo investigar.
Ahora bien, la recuperación de la Voluntad Creativa y de la capacidad de sanarse a sí mismo, implica emprender la vorágine hacia el pasado para sellar las fisuras que desquebrajan la siquis y volver con la fortaleza que un tesoro exquisito deja después de una difícil expedición. Éste proceso podría tener consecuencias nefastas como la adicción al dolor del recuerdo que procura una estadía anacrónica; o, lo que temo, la insensibilidad en el presente. He conocido ambas consecuencias, hasta ahora no en mí. Personas que viven del pasado. Personas que niegan a su pasado y en el presente son los espectadores de un film, que es su vida misma.
José Antonio Marina, un filósofo y ensayista español se preguntaba: ¿Cómo hacerse resistente sin volverse insensibles?. Encontrar el equilibrio de la voluntad es el reto.
Hasta ahora, mi fuerza se concentra en evitar hacer tanto daño cuando esos episodios me anegan. Aislarme un poco más de lo normal, esto significa casi siempre absoluta soledad y evitar tomar café.

14 de febrero de 2011

Breve reflexión sobre la impotencia de decir: ¡Adiós!

Mis despedidas siempre han sido una mentira. Nunca han sido reales. Decir adiós y nunca volver ha sido un intento fallido en mi vida desde hace años. Intenté suicidarme cuando tenía catorce o quince años; suicidio fallido. Intenté largarme de este país y viajar por las costas sureñas; aventura fallida. Intenté quedarme en un país suramericano; exilio fallido. Intenté perder la cordura con un tratamiento de anti-depresivos; locura fallida. En fin, una despedida real siempre ha sido un imposible. Ignoro el por qué de mis fracasos. ¿Será que estoy muy arraigada a lo que pretendo dejar? ¿Habrá una energía potente que me retiene en este espacio? ¿Será que la energía de la gente que profesa algún sentimiento hacia mí, me arraiga? Yo me quiero despedir, empero ¿Esas personas querrán que me despida? ¿Temen de mi despedida? De hecho, mis despedidas han sido sin sentido, impetuosas y muy poco cordiales.
Ahora temo estar presa. Temo caer, de nuevo, en la espiral infinita de la ida y el retorno. Temo quedar sin muchas alternativas; por eso, ahora en lugar de decir "adiós" digo "hasta luego".

2 de febrero de 2011

Diez mandamientos para escribir con estilo

1. Lo que importa más es la vida: el estilo debe vivir.
2. El estilo debe ser apropiado a tu persona, en función de una persona determinada a la que quieres comunicar tu pensamiento.
3. Antes de tomar la pluma, hay que saber exactamente cómo se expresaría de viva voz lo que se tiene que decir. Escribir debe ser sólo una imitación.
4. El escritor está lejos de poseer todos los medios del orador. Debe, pues, inspirarse en una forma de discurso muy expresiva. Su reflejo escrito parecerá de todos modos mucho más apagado que su modelo.
5. La riqueza de la vida se traduce por la riqueza de los gestos. Hay que aprender a considerar todo como un gesto: la longitud y la cesura de las frases, la puntuación, las respiraciones; También la elección de las palabras, y la sucesión de los argumentos.
6. Cuidado con el período. Sólo tienen derecho a él aquellos que tienen la respiración muy larga hablando. Para la mayor parte, el período es tan sólo una afectación.
7. El estilo debe mostrar que uno cree en sus pensamientos, no sólo que los piensa, sino que los siente.
8. Cuanto más abstracta es la verdad que se quiere enseñar, más importante es hacer converger hacia ella todos los sentidos del lector.
9. El tacto del buen prosista en la elección de sus medios consiste en aproximarse a la poesía hasta rozarla, pero sin franquear jamás el límite que la separa.
10. No es sensato ni hábil privar al lector de sus refutaciones más fáciles; es muy sensato y muy hábil, por el contrario, dejarle el cuidado de formular él mismo la última palabra de nuestra sabiduría.

Friedrich Nietzsche

26 de enero de 2011

Incertidumbre post mortem

No sé si temo a la muerte, o si, tan sólo, me conmociona o me produce risa.

Al comenzar este año murió un poeta nicaragüense -probablemente se suicidó, algunos de sus poemas y relatos casi lo predecían, aunque hasta ahora no he encontrado alguna alusión a la causa de la muerte- y todos lloraban su deceso. Yo, en cambio, me burlé de todos los vivos que difundieron el suceso. No por conocer o desconocer al fulano, si no por el aparataje de condolencias que se elevó. Me pareció, en demasía, absurdo. La muerte es parte de la cotidianidad, que dependiendo del "status" que se haya aruñado dentro de la sociedad, puede convertirse en una efeméride o en una estadística.
Las personas niegan a la muerte, por eso les produce miedo. Las personas se aferran al cuerpo, por eso les duele el funeral. Sin embargo, si se le quita el histrionismo a dicho evento sólo queda la reflexión.
¿Cuál es la relevancia de la muerte?
Lo que deja el ser que muere, a quién le sirve y en qué medida.
Si este escritor centroamericano hubiese muerto inédito, nadie diría algo.
Supuniendo un suicidio, ¿Habría propiciado su muerte sin la certeza de que el gremio pregonaría a su exigua producción literaria?
¿Alfonsina Storni lo habría hecho? Soy muy audaz, lo sé.
Mi cavilación sobre el tema resurgió por una noticia que leí sobre la muerte de la escritora y activista política Susana Chávez, defensora de los Derechos Humanos de su ciudad, en especial de las mujeres, deliberadamente violentados en México y en todos los países de la región. Susana Chávez fue una víctima del verdugo al que contendía. Según la nota fue violada y asesinada por tres menores de edad, sugiriendo otro número en las estadísticas.
Nadie dijo algo.
Su legado es una afrenta a los intereses económicos y políticos de estos países.
Su legado son unos versos insospechados que carecen de la fascinación del gremio literario.
Pero, ¿A quién le estremece el asesinato de una poetisa muy bulliciosa con los problemas de su comunidad? Eso es obsoleto. Eso es de los años setentas, diría un conocido poeta.
¿Acaso es más virutosa, poética, artística una muerte deliberada, a un homicidio por la virtud, por la poesía, por el artista?

La verdad es que sólo tengo muchas dudas respecto al sentido que se le da a la muerte; y dejo esta entrada con el sinsabor que me ocasiona el tema.

6 de enero de 2011

La formación literaria del poeta. Última entrega.

Ricardo Castrorrivas yacía sentado en una silla evidentemente incómoda. Frente a él se erguían dos hileras de cuatro o cinco libros en un escritorio pequeño y derruido.
Hablaba con un tono de voz muy bajo, conspirador, sedicioso, como si las instalaciones propiciaran los últimos detalles de un complot ansiado, de un complot al que todos los presentes atribuíamos las serias alteraciones a nuestros ciclos de sueño; Ricardo Castrorrivas leía poesía.
El veterano poeta realizaba una lectura en una especie de cochera del Diario Colatino en el centro de San Salvador. Éramos cinco personas las que lo escuchábamos. El espacio no era el idóneo. La luz era tenue. Detrás de los anfitriones había un desorden de papel periódico. Afuera, un céfiro diurno favorecía un día agradable, adentro hacía mucho calor. Sin embargo estábamos ahí con un amigo haciendo un esfuerzo por escuchar con claridad los versos recitados, que más bien parecían musitados.
En dicha ocasión, el escritor hizo una alusión sobre su amistad con Roque Dalton. Relató -con su peculiar estilo- cómo el poeta difunto le dio uno de los consejos más importantes para su vida literaria. Esa tarde lo compartía con cinco desconocidos en un recital con matices del inframundo. Un consejo tan complicado de cumplir que ahora se ha vuelto en una sentencia ineludible, unas palabras que mutaron de una sugerencia afable a un requisito imperioso para los escritores emergentes:"LEER, LEER, LEER Y LUEGO, ESCRIBIR".