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6 de noviembre de 2010

El padre (Catarsis del abandono)

Cansado de bromear, gritar y tomar decisiones en la empresa, el padre había vuelto a casa para descansar. Sus piernas, cubiertas por vellos ásperos al tacto, posaban sobre mis piernas con su inherente sensualidad. La madera de ébano del bar se parecía al color de su piel, o quizás el ron añejo en su interior era más parecido. Sin lugar a dudas, el café oscuro de la mariconera era igual al color de su tez, la cual mis manos acariciaban con la fineza de un cariño impúber.
Once gatos maullaban al unísono por toda la cocina, y el padre sonreía como un semidiós felino mientras era ovacionado por sus devotos.
Así era él, ese hombre en la memoria, el padre en mi infancia; un hombre caprichoso y bufón que hablaba de carros, negocios y armas.

Cuando el fútbol dejó de sintonizarse en nuestra televisión supe que el divorcio se había consumado.
Luego, las visitas del padre eran apariciones cargadas de culpa y violencia. El dinero se volvió un reproche telefónico que rodaba entre la madre y él.

Desde hace quince años no veo al padre, por ende, no lo extraño.
Muchas figuras paternas le han sustituido durante ese tiempo: profesores, novios, jefes, amigos, incluso, otros padres. Así que le conozco. Sé como ríe frente a una cerveza enlatada. Sé como habla sobre la falacia de las elecciones presidenciales; como flirtea con las mujeres jóvenes; como se altera con un gol del Firpo y, sobre todo, sé como justifica la lejanía de su primera familia.

En las tardes veo a mi padrino quien dejó de tomar café y hablar de filosofía para vender zapatos; sé que el padre lo haría también. Tengo un amigo que asegura que si cae en bancarrota se levantará desde los más finos escombros, así como el padre lo hace en un país distante. En mis dedos se enreda el cabello crespo de mi joven amante y sé que en el cabello crespo del padre se enredaron los dedos de una mujer altiva.

Mi abuela insiste en llamarle "tu papá" con un tono cándido y vibrátil como mi otrora cariño impúber.
Sin embargo, ¿por qué tendría que incomodarle llamándole "padre" después de tanta ausencia y reproche?
La paternidad es una alternativa del individuo para inmortalizarse que debe cumplir, además, la condición de ser recíproca.

Conozco al padre, por ello, es preciso que él no me conozca.

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