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11 de noviembre de 2010

Las ratas

Estábamos en la sala de la vieja residencia en la que crecí. Mi padre, mi madre, mi abuela y mis hermanas.
Nuestra sala era pequeña, con mesitas de vidrio polarizado y sillones azules. En la pared más ancha, colgaba una reproducción de la pintura más conocida del artista inglés John Constable; "El carro de Heno". Probablemente el cuadro fue obtenido en un mercado de pulgas, ya que, he lo he visto en varias casas con las mismas dimensiones y el mismo marco.
Era tarde, una tarde opaca. Hablábamos y reíamos mucho, como muy pocas ocasiones ocurría. De pronto, nuestra algarabía fue interrumpida por un sonido agudo detrás de la réplica colgante. Mi abuela se asomó para escuchar mejor y levantó el inmenso cuadro. Había un enorme agujero. Parecía el interior de una alacena secreta; parecía que habíamos abierto la puerta de un establo en miniatura: hierba seca, cajas, latas viejas y corroídas. Atisbé y, las palpitaciones de mi corazón fueron más fuertes cuando sorprendida, vi a una rata enorme de pelaje amarillo correr hacia la segunda planta de la casa. Todos reían por la velocidad con que huyó el roedor, cuyo tamaño era mayor que el de un gato. Mi padre bromeaba -como siempre- y llamó a los gatos para que la buscaran. Aparecieron de la cochera dos gatos como perros de caza, dispuestos a la persecución. Al escucharlos maullar, salieron del cubil sórdido de la pared, más ratas, muchas más. Corrían por todos lados, hacia la cochera, hacia el comedor, hacia la segunda planta y, con horror, hacia nuestros cuerpos. Mi padre continuaba burlándose de la situación. Mi madre permanecía callada, con una sonrisa en su rostro; y mis hermanas temían porque las ratas estuvieran en sus camas.
Quería irme.
Recordé que ya no vivía ahí, que mi esposo me esperaba, y me despedí de todos. Cuando iba a salir, una rata blanca, cayó en mi espalda y me rasgó con sus dientes...
Desperté.
Mi celular marcaba la 1:00 am.
Salí del dormitorio a beber un poco de agua y mi gatita salió de su cama improvisada en unas bolsas de tela para el mercado; maulló como saludándome; estiró sus patitas y se aproximó a su plato de comida.
Mientras comía me percaté de que el sonido que hacía, era muy parecido al sonido agudo que interrumpió la reunión familiar en mi sueño.

Cuando la vi, noté que su pelaje blanco parecía amarillo, que su cola era oscura y delgada, y que, además, su tamaño de gatita de tres meses, la asemejaba a una rata.
Me acerqué y le acaricié, solamente para cerciorarme de que era mi Lou Salomé.

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