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15 de noviembre de 2010

La madre

Toda la cobardía que albergo en mi carácter se lo debo a la madre.
Asímismo, le debo los arrebatos de valentía frente a la injuria, a veces, sufrida.
La madre, era una heroína en mis fantasías adolescentes; sobretodo cuando relataba la última vez en que el padre la golpeó:
En la cima del módulo de madera oscura se veía la culata de la pistola. Él, borracho y violento, quiso golpearme más. Sin embargo, a pesar de mi pequeña estatura, logré asir el arma y le apunté. Quedó perplejo mientras le advertía que si me tocaba otra vez, lo mataría.
Y una sonrisa terminaba la historia.
No me gusta pensar en todo lo que la madre soportó; cómo se acostumbró al dolor y al silencio, cómo canalizaba la neurosis con violencia, cómo desarrolló esa enfermedad cardíaca que le atañe; porque sería cargar con un sufrimiento que no me corresponde.
Considero que el hito de la maternidad responsable es el paradigma predilecto del feminismo mediocre. Las familias monoparentales no son las mejores: en los suburbios de la ciudad son la mayoría y la capital entera es un caos.
La madre me recuerda eso a cada momento.
Por eso, me gusta charlar con ella. Su intelecto se agudiza con los años y, mientras mi hija juega cuando nos visita en casa de mi abuela; las dos, podemos ver con mayor claridad el papel nefasto de las madres solteras en la actualidad.

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