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22 de noviembre de 2010

El poeta vrs. el poetastro. Primera entrega.

Tres son los elementos indispensables para escribir poesía auténtica e ineludible; sobre todo en un país minúsculo, miserable y con resabios de una guerra sospechosa como El Salvador.

El primer elemento es el TALENTO.

El talento de un individuo se nota desde el primer poema, aunque éste sea ingenuo y necesite corrección. Sin embargo, existen algunos componenetes precisos que deben de apreciarse en ese intento poético: inspiración, ritmo, cadencia, vigor, imágenes, alegorías o realidades peculiares. Dichos componentes en estado primitivo son los que se cualificarán con el denuedo, la técnica y la disciplina; además de ser los ejes transversales de la trayectoria literaria del poeta.
Si se tiene un atisbo de talento, las herramientas de formación como la lectura sistematizada, los ejercicios retóricos, las licencias poéticas y todos los recursos literarios, hacen prosperar a ese germen con mucha facilidad y éxito.

Ahora bien, una visión falsa de la promoción cultural ha provocado que un montón de seres se autopromuevan como poetas o poetisas, con aspiraciones evidentes a pertenecer a la "élite cultural" del país. Lo lamentable de esa efervescencia de voces nuevas, es que la mayoría de su propuesta literaria -salvo algunas excepciones dignas de un aplauso- es decadente, trillada e irreflexiva; y que debido a una especie de "corrupción artística" se le celebra como un hecho connotable del fomento literario. De hecho, la web se ha constituido como un medio de difusión despótico y precario de esa espontaneidad poética.
El escritor joven necesita, en determinado momento, una dirección en su incipiente proceso creativo. No necesita adulaciones de padrinos con intereses mezquinos, o herencias estéticas y éticas de compadrazgos bohemios, o mucho menos, promociones efímeras sujetas a la disposición sexual del promovido.
Cierta ocasión, escuché una poetisa hablar sobre la dinámica social de los escritores salvadoreños y denominarla: "el mundillo literario"; en alusión, prefiero llamarle: "la selvilla literaria". Una selva en la que, depediendo del animal que le reciba, así será el devenir artístico del neófito.
El poeta joven se encuentra frente a dos extremos en el vértice sombrío del quehacer literario nacional: Por un lado, están los monos aulladores y danzarines que incluyen a cualquiera que desee saltar en los bejucos con ellos; y por otro lado, están los tucanes exóticos, bellos y siempre en la altura.
En otras palabras, tenemos a los primeros personajes con un recorrido difícil y excluyente pero con talento, que con ánimo incluyente ven al proceso creativo del poeta naciente con una melancolía patética y mediocre; no promueven la lectura, no tienen criterios de calidad mínimos y son deshonestos. Los segundos, son personajes con talento pero muy individualistas, displicentes y apáticos a la tarea de la formación literaria. Dos extremos nocivos. Inspirados quizás por sus tendencias ideológico-políticas. Los monos seudo socialistas pregonando un "arte popular" sin belleza. Los tucanes neutrales, egoístas, haciendo alarde de la cosmética poética.
El poeta joven debe ganar un derecho de piso fangoso. Las oportunidades son torcidas. El talento suele relegarse a un segundo plano; y eso es un error muy costoso.

La solución no está desvinculada de las políticas gubernamentales, ni de las condiciones socio-económicas del país. De hecho, la Secretaría de Cultura es una institución valiosa de la que deberían de apoyarse con entera confianza todos los literatos del país; asímismo, los esfuerzos independientes son importantes, siempre que ambos estén al margen de la demagogia artística y de los estigmas de pre y post guerra.
Una alternativa de valoración del talento, que es urgente, es la crítica literaria. Una crítica objetiva, técnica, desinhibida, y que aporte a las mentes jóvenes una agudeza intelectual.
Otra es el fomento de las diversas ramas del arte de escribir; ¿Por qué la mayoría comienza a escribir poesía, en lugar de cuentos? ¿Es más fácil escribir un verso que una historia? ¿Por qué la gente repite imágenes, metáforas e incluso, poemas enteros en sus "producciones poéticas"? ¿Cuántas novelas se han publicado en los últimos cinco años, que no sean de escritores con una trayectoria literaria? ¿Qué hay de los guiones teatrales, los ensayos, las crónicas, etc.? Los talleres de escritura deben ser holísticos y heterogéneos, además, de ser asequibles para todos los interesados. Nótese que no hablo de un bacanal gratuito de conocimiento.
Por último, otra urgencia es un cambio de actitud del gremio. La poesía es más que un estilo de vida bohemio o sedentario, es una entrega espiritual de belleza, es un film subjetivo y objetivo de la realidad que se hace por medio de las palabras, de la música interior y del segundo elemento indispensable para el poeta, la VIVENCIA.

17 de noviembre de 2010

Analéctica

Me satisface escribir cuando sé que mis palabras son el referente fiel de mi pensamiento.
Me satisface mucho más, volver a lo escrito para sentir que mis pupilas se agrandan y mi rostro se enrojece de vergüenza, al enterarme que mi pensamiento es todo lo contrario porque ya se superó.
Sin embargo, me satisface, aún más, reescribir lo escrito y contemplar como una hebrea impotente la forma inescrupulosa en que se eleva, la espiral babélica del pensamiento.

15 de noviembre de 2010

La madre

Toda la cobardía que albergo en mi carácter se lo debo a la madre.
Asímismo, le debo los arrebatos de valentía frente a la injuria, a veces, sufrida.
La madre, era una heroína en mis fantasías adolescentes; sobretodo cuando relataba la última vez en que el padre la golpeó:
En la cima del módulo de madera oscura se veía la culata de la pistola. Él, borracho y violento, quiso golpearme más. Sin embargo, a pesar de mi pequeña estatura, logré asir el arma y le apunté. Quedó perplejo mientras le advertía que si me tocaba otra vez, lo mataría.
Y una sonrisa terminaba la historia.
No me gusta pensar en todo lo que la madre soportó; cómo se acostumbró al dolor y al silencio, cómo canalizaba la neurosis con violencia, cómo desarrolló esa enfermedad cardíaca que le atañe; porque sería cargar con un sufrimiento que no me corresponde.
Considero que el hito de la maternidad responsable es el paradigma predilecto del feminismo mediocre. Las familias monoparentales no son las mejores: en los suburbios de la ciudad son la mayoría y la capital entera es un caos.
La madre me recuerda eso a cada momento.
Por eso, me gusta charlar con ella. Su intelecto se agudiza con los años y, mientras mi hija juega cuando nos visita en casa de mi abuela; las dos, podemos ver con mayor claridad el papel nefasto de las madres solteras en la actualidad.

11 de noviembre de 2010

Las ratas

Estábamos en la sala de la vieja residencia en la que crecí. Mi padre, mi madre, mi abuela y mis hermanas.
Nuestra sala era pequeña, con mesitas de vidrio polarizado y sillones azules. En la pared más ancha, colgaba una reproducción de la pintura más conocida del artista inglés John Constable; "El carro de Heno". Probablemente el cuadro fue obtenido en un mercado de pulgas, ya que, he lo he visto en varias casas con las mismas dimensiones y el mismo marco.
Era tarde, una tarde opaca. Hablábamos y reíamos mucho, como muy pocas ocasiones ocurría. De pronto, nuestra algarabía fue interrumpida por un sonido agudo detrás de la réplica colgante. Mi abuela se asomó para escuchar mejor y levantó el inmenso cuadro. Había un enorme agujero. Parecía el interior de una alacena secreta; parecía que habíamos abierto la puerta de un establo en miniatura: hierba seca, cajas, latas viejas y corroídas. Atisbé y, las palpitaciones de mi corazón fueron más fuertes cuando sorprendida, vi a una rata enorme de pelaje amarillo correr hacia la segunda planta de la casa. Todos reían por la velocidad con que huyó el roedor, cuyo tamaño era mayor que el de un gato. Mi padre bromeaba -como siempre- y llamó a los gatos para que la buscaran. Aparecieron de la cochera dos gatos como perros de caza, dispuestos a la persecución. Al escucharlos maullar, salieron del cubil sórdido de la pared, más ratas, muchas más. Corrían por todos lados, hacia la cochera, hacia el comedor, hacia la segunda planta y, con horror, hacia nuestros cuerpos. Mi padre continuaba burlándose de la situación. Mi madre permanecía callada, con una sonrisa en su rostro; y mis hermanas temían porque las ratas estuvieran en sus camas.
Quería irme.
Recordé que ya no vivía ahí, que mi esposo me esperaba, y me despedí de todos. Cuando iba a salir, una rata blanca, cayó en mi espalda y me rasgó con sus dientes...
Desperté.
Mi celular marcaba la 1:00 am.
Salí del dormitorio a beber un poco de agua y mi gatita salió de su cama improvisada en unas bolsas de tela para el mercado; maulló como saludándome; estiró sus patitas y se aproximó a su plato de comida.
Mientras comía me percaté de que el sonido que hacía, era muy parecido al sonido agudo que interrumpió la reunión familiar en mi sueño.

Cuando la vi, noté que su pelaje blanco parecía amarillo, que su cola era oscura y delgada, y que, además, su tamaño de gatita de tres meses, la asemejaba a una rata.
Me acerqué y le acaricié, solamente para cerciorarme de que era mi Lou Salomé.

6 de noviembre de 2010

El padre (Catarsis del abandono)

Cansado de bromear, gritar y tomar decisiones en la empresa, el padre había vuelto a casa para descansar. Sus piernas, cubiertas por vellos ásperos al tacto, posaban sobre mis piernas con su inherente sensualidad. La madera de ébano del bar se parecía al color de su piel, o quizás el ron añejo en su interior era más parecido. Sin lugar a dudas, el café oscuro de la mariconera era igual al color de su tez, la cual mis manos acariciaban con la fineza de un cariño impúber.
Once gatos maullaban al unísono por toda la cocina, y el padre sonreía como un semidiós felino mientras era ovacionado por sus devotos.
Así era él, ese hombre en la memoria, el padre en mi infancia; un hombre caprichoso y bufón que hablaba de carros, negocios y armas.

Cuando el fútbol dejó de sintonizarse en nuestra televisión supe que el divorcio se había consumado.
Luego, las visitas del padre eran apariciones cargadas de culpa y violencia. El dinero se volvió un reproche telefónico que rodaba entre la madre y él.

Desde hace quince años no veo al padre, por ende, no lo extraño.
Muchas figuras paternas le han sustituido durante ese tiempo: profesores, novios, jefes, amigos, incluso, otros padres. Así que le conozco. Sé como ríe frente a una cerveza enlatada. Sé como habla sobre la falacia de las elecciones presidenciales; como flirtea con las mujeres jóvenes; como se altera con un gol del Firpo y, sobre todo, sé como justifica la lejanía de su primera familia.

En las tardes veo a mi padrino quien dejó de tomar café y hablar de filosofía para vender zapatos; sé que el padre lo haría también. Tengo un amigo que asegura que si cae en bancarrota se levantará desde los más finos escombros, así como el padre lo hace en un país distante. En mis dedos se enreda el cabello crespo de mi joven amante y sé que en el cabello crespo del padre se enredaron los dedos de una mujer altiva.

Mi abuela insiste en llamarle "tu papá" con un tono cándido y vibrátil como mi otrora cariño impúber.
Sin embargo, ¿por qué tendría que incomodarle llamándole "padre" después de tanta ausencia y reproche?
La paternidad es una alternativa del individuo para inmortalizarse que debe cumplir, además, la condición de ser recíproca.

Conozco al padre, por ello, es preciso que él no me conozca.

5 de noviembre de 2010

Que mueran los moribundos que estorban en los caminos

Conocí a una mujer cuyo rostro hermoso solían confundir con un carácter afable, un espíritu bondadoso y un temperamento fuerte.
Esa mujer murió ayer.
Un conocido en común se lamentaba por su muerte, mientras yo sonreía a todo el mundo.
Me preguntó: ¿No la vas a extrañar?
Le respondí: Voy a extrañar a su rostro; pero a su espíritu malévolo, a su carácter irascible y a su temperamento quebradizo, no.
Entonces, comenzó a sonreir conmigo.