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28 de octubre de 2010

Cada vez más cerca

El viernes pasado almorcé con unos conocidos que tengo desde hace un par de años. Fui porque uno de ellos me comentó que se iría esta semana del país y es, precisamente, con quien más he tenido contacto desde que lo conozco.
Acordamos encontrarnos en un restaurante muy popular, donde la comida -para mi gusto- es muy condimentada y sus precios responden a la infraestructura estrafalaria que ostenta.
Llegué justo a tiempo, entré y, de inmediato, reconocí a las dos siluetas. Como no me vieron entrar, pensé en la posibilidad de irme y dejarlos disfrutar de los partidos que se estaban trasmitiendo o de la música setentera que ambientaba el lugar. Empero, sin darme cuenta, es decir, de forma maquinal, caminé hacia ellos y ya los estaba saludando.
En los escasos encuentros que hemos tenido, nuestras charlas nunca han sido tan provechosas, más bien, han sido lúdicas. Considero que les gusta compartir sus fruslerías con las mujeres y viceversa. Eso explica porque tienen muchas amigas y porque hacen alarde de sus "conquistas" y de las mujeres hermosas, con plata, con deficiencias emocionales, etc con las que se han involucrado. Sin embargo, nunca me han molestado sus comentarios e historias fantásticas (ambos son escritores); solamente que en esta ocasión, tenía tanto tiempo de no interactuar con otras personas -que no fueran de mi familia-, que me sentía un poco inquieta.
Como sea me encontraba ahí, con mi habitual silencio; haciendo breves comentarios y evadiendo, por supuesto, preguntas personales.
Los primeros diez minutos fueron tolerables, hasta que el futuro viajero me extendió un obsequio que llevaba para mí.
Era un libro.
Era un libro de un autor que no conozco, premio "no se qué 2010", con una fotografía ridícula en la portada, con un resumen aburrido en la contraportada, y con el agravante de tener una dedicatoria para él, firmada por el autor.
Cuando lo tomé, entendí que hasta ahora mi lectura ha sido víctima del caos de esta ciudad. He leído cualquier cosa, sin método y sin objetivo; y en ese momento, mi conocido lo ponía en evidencia frente a otro menos conocido. Su comentario fue: “ya venía y recordé que me pediste un libro, pero no sabía que traerte; no lo he leído, no sé si es bueno”.
Desde ese instante no dejé de pensar en mi desorden de lectura. Empecé a fraguar un soliloquio en mi mente para explicar el por qué de esa situación y mi silencio fue más notorio.
Almorzamos y nos despedimos.
Al regresar a casa no pude concentrarme en el trabajo que necesitaba terminar.
Al anochecer, tomé el libro, leí diecinueve páginas y supe que no me interesaba.
Retomé la lectura que ya tenía y encontré la solución:
Dividiré mi vida en dos etapas. La primera terminó el día de mi cumpleaños número veintiocho. La segunda iniciará algún día de estos.
Mientras tanto, he comenzado a anotar a todos los autores y las temáticas que me han interesado desde que leí mi primer libro. Sé que poco a poco me iré acercando al tema en el que desperdiciaré mis palabras por el resto de mi segunda etapa de vida.

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