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23 de octubre de 2010

Sólo es una confusión

Admito que la posmodernidad me confunde, así como la bolsa de valores y el feminismo de mi país. En este último elemento de mi confusión general me detendré en esta entrada.

Cuando una mujer pregona al feminismo y a la sororidad (palabra sospechosa que no aparece en el Diccionario de la Lengua Española, y que escuché por primera vez en los labios de un hombre, el cual, con una expresión patidifusa me explicó que se refería a la solidaridad entre mujeres), me siento insensata. La insensatez que me embarga tiene dos vertientes: La primera, es la forma desdeñosa, petulante y escandalosa con que las mujeres se han profesado feministas frente a mí; y la segunda, es mi probable traición a la gran comunidad de mujeres en contra del "ejército de los hombres", que Arthur Schopenhauer describió hace casi dos siglos en un ensayo. Según el filósofo alemán, mi soltería después de los 18 años de edad, habría significado (hasta hace un par de semanas, pues ya estoy casada) una deliberada recusación al objetivo femenino de atar a un hombre con el matrimonio. Otras muestras de mi rebeldía hacia el género serían mi cabellera corta, mis inclinaciones hacia la lectura y mis intentos por intelectualizar.
Desde algún tiempo he pensado mucho en las conductas feministas que he observado en diferentes espacios. Recuerdo una noche que departía en un bar capitalino y un grupo de reconocidas dirigentes feministas entró; faldas, sandalias de cuero, bufandas, collares y aretes de semillas, carteras tejidas a mano, blusas teñidas en añil, y compañeras extranjeras. Empezaron a bailar, a gritar, a besarse, a liberarse... y, honestamente, me gustó ver la manifestación de su concepto de libertad, aunque no dejé de pensar en la cantidad de mujeres que han sido asesinadas para que ellas pudieran hacer eso.
Otra vez, recuerdo haber entrado a una casa grande y llena de letreros que pertenecía a una asociación de mujeres, para pedir ayuda como una madre soltera; mientras exponía mi problema frente a dos señoras regordetas y morenas, no dejaban de ver mi cabello, mis manos, mis zapatos, mi cartera y al final, me despidieron con la promesa de llamarme y no lo hicieron.
Luego, conocí a unas chicas en un trabajo que tuve como promotora de licores. Eran madres adolescentes y solteras que llevaban un estilo de vida desgastante: discotecas, alcohol en exceso, muchas parejas sexuales, arrebatos de violencia con sus hijos, descuidos, etc. Y pensé en las posibilidades de estas jóvenes de cambiar su realidad; les pregunté si sabían qué era una ONG feminista y la mayoría de ellas habían escuchado sobre X ONG, empero, ellas se consideraban a sí mismas como feministas porque eran "libres", porque ganaban su propio dinero o porque estafaban a los hombres, porque criaban a sus hijos sin un esposo y otras porque eran infieles.
Frente a esa dicotomía, a esa paradoja del género, me confundí. Y con el riesgo de ser catalogada como misógina, machista, pro sistema, víctima del patriarcdo, y demás adjetivos peyorativos, empecé a cuestionarme si la libertad femenina ha sido practicada como libertinaje, o si la prevención de la violencia se hace con violencia, o si la sororidad, además de no existir en el diccionario, no existe en el mundo y es una invención muy rentable.

La descripción de Schopenhauer sobre las mujeres de su época me parece, en demasía, ofensiva. Sin embargo, no dejo de soltar una risita suspicaz cuando habla sobre algunas conductas que aún prevalecen en la sociedad de mi época. Verbigracia, la siguiente frase: "En la vida de las mujeres, las relaciones sexuales son el gran negocio"; inevitablemente, me remite a la realidad de este país miserable, es decir, a las trabajadoras del sexo que desde algún tiempo salen más temprano a exponerse en las calles, las bailarinas de nigth club, las damas de compañía, las jovencitas que no tienen dominio ni responsabilidad de su vida sexual, los líderes y liderezas religiosas que a duras penas abordan estos temas con lucidez, el acoso homosexual vrs. la homofobia, los hombres que entran y salen de los sitios web pornográficos, los que se embriagan frente a las pistas de baile, los violadores, los jefes, profesores, mecánicos, deportistas, jueces, etc. que reproducen esa frase, etc. Y frente a esa situación, los intentos exiguos del gobierno por educar, el desencanto de la población en la política como herramienta de cambio, los excesos del consumo, el auge de la construcción de la personalidad cibernética, los movimientos sociales cada vez más difusos, etc.
Mi insensatez o, más bien, mi indiferencia (comprendida ésta, como mi reciente apatía hacia las organizaciones sociales, amistades y colectivos religiosos, artísticos y políticos) frente a las constantes deformaciones culturales que se sufren en este país, me vuelve inmune tanto a las caracterizaciones misóginas de Schopenhauer como a la inminente abyección de "ser" o "formar parte de" una lucha de género esnobista.
Lo cierto es que ante el individualismo destructor, los colectivos no son una alternativa saludable para mí.
Es mejor ensimismarme, salir de vez en cuando a recordar que soy humana y no dejar de pagar en internet para llevar una bitácora de cómo soy mujer y dejo de ser; escribir en soledad, y caminar los días feriados por un centro comercial para confundirme con las feministas que andan comprando; preparle la cena a mi esposo o meter su ropa en la lavadora mientras escucho música de Alejandra Guzmán, Ely Guerra, Rossana o Amaral:
"Las chicas de mi barrio
llevan el sol en la cintura;
nos hizo quemaduras
aquella libertad,
como ninguna"
Considero que es mejor que me llamen Mujer, en lugar de Feminista.

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